La oscuridad, el silencio y el vacío absolutos lo abarcaban todo. No había tiempo ni espacio. Por lo tanto, nada existía; absoluta y rotundamente nada.
¿Nada?
Nadie sabía que, desde todos los rincones de la nada, incontables y minúsculos chispazos de energía a la velocidad de la luz se congregaban, atraídos por una ignota energía. Cuando llegaron a un punto en que la presión se hizo insoportable, repentinamente, sin que mediara ninguna señal de aviso, una intensísima y silenciosa luz inundó el profundo vacío.
Una sopa de electrones, a temperaturas inmensurables, hervía haciendo que aquel aquelarre de incipiente materia girara, chocando entre sí, formando núcleos que colisionaban con otros para deshacerse y volverse a integrar en una constante transformación. A medida que la sopa se expandía se iban aglutinando elementos con características similares. A veces una pequeña diferencia, una chispa de más o de menos, o un infinitesimal cambio de calor, hacían que se fueran formando materiales diferentes que adquirían características gaseosas o minerales en su forma más primitiva. Poco a poco la sopa se fue enfriando y la materia se consolidó en muchísimas y variadas estructuras químicas. Los átomos de oxígeno más livianos, menos compactos. Los del hierro fuertemente unidos. Sin embargo, en su más profunda intimidad, donde los electrones giraban alrededor del núcleo protónico, siempre quedaban espacios que Nadie ocupaba para darle equilibrio a ese parto universal.
Nadie supo cuánto duró ese proceso primigenio. Pero en algún momento empezaron a llamar noche a la oscuridad y día cuando había luz. Entonces imaginaron que se había tardado seis noches y seis días. Luego notaron que aquel globo que colgaba en el cielo nocturno cambiaba de apariencia en un lapso de veintiocho noches y veintiocho días, y nombraron a ese transitar, mes.
El mes tenía cuatro grupos de seis días y seis noches, por lo que lo dividieron en cuatro semanas. Mas como sobraban cuatro días y cuatro noches, se les ocurrió poner un sétimo noche/día a cada semana, y se lo dedicaron… a Nadie.
Gerardo Víquez
Bereshit

