El capítulo I de Génesis, nos narra la historia de la creación y cómo D-s construyó el mundo paso a paso.
El primer paso fue la creación de la luz, y el segundo, la separación de las aguas. La luz creada fue la infinita luz de potencialidad, la semilla de todas las posibilidades.
El agua, elemento primordial que permite crear y mantener la vida, debía ser controlada para permitir el crecimiento y desarrollo de la naturaleza y de los seres humanos.
Cuando las aguas estaban “contenidas”, el resto de la creación podia realizarse.
Diez generaciones más tarde, D-s comprendió que su creación tenía una falla y que era necesario empezar de nuevo desde el principio.
Toda la humanidad, excepto Noé y su familia, serían destruídos. ¿Cómo iba a suceder eso? D-s activó el botón de “reiniciar” y todo retornó al momento original de la creación, cuando las aguas no estaban contenidas ni limitadas.
D-s habló a Noé y le ordenó crear un arca una tevá (טבע), donde encontrarían refugio él y su familia. Sin cuestionar, sin siquiera pensar en lo que pasaría o en las posibilidades de sobrevivir, Noé simplemente siguió las instrucciones recibidas.
Durante 120 años trabajó sin parar, sin preocuparse de las burlas de sus vecinos ni de las dudas de sus familiares. La fe de Noé es incuestionable e inamovible, pero para nosotros hoy, es motivo de preguntas, de angustia y de incredulidad.
D-s le había dado las dimensiones exactas, la distribución perfecta, y también le había ordenado colocar el tzohar, una fuente de luz única y especial.
Finalmente llegaron los animales. Uno a uno fueron pasando, y Noé se dio cuenta que la comodidad de la tevá se acababa. Que lo que había construido como un crucero cinco estrellas, ahora se convertía en un zoológico estrecho, en una responsabilidad gigantesca… La vida entera se transformaba.
Y leemos:
¿Cómo podría la familia de Noé sobrevivir el caos que surgían con la liberación de las aguas de arriba y las aguas de abajo?
¿Qué podría garantizar que la vida en la tevá podría sostenerse?
La respuesta es “la luz”; la luz primordial que es la semilla de toda potencialidad, representada en nuestra historia por el tzohar (צהר), que D-s ordenó a Noé colocar en la tevá. Hay quienes dicen que era un hermoso cristal que reflejaba miles de rayos de la purísima luz del jardín del edén, hay quienes dicen que se trataba de un cristal activado por la compasión que se despertó en el corazón de Noé. La verdad, quizá nunca la sepamos.
En nuestras vidas, cada vez que atravesamos una profunda transformación, las aguas de las alturas y las aguas de las profundidades (nuestras emociones y pensamientos), pierden sus límites y crean una inundación interior que puede resultar caótica y muy confusa.
Solamente el tzohar, la chispa de la luz divina que reside en el centro de nuesta alma, nos permite sobrevivir la incertidumbre y la destrucción de todas nuestras creaciones.
Que seamos capaces de recordar, durante nuestras experiencias transformativas, que llevamos dentro de nosotros la “luz divina”, y que podemos permitir que las profundas aguas de nuestro ser se conviertan en un contenedor fértil para activar la luz primordial de la creación, la fuente eterna de renovación y transformación.

