Injertos, bendiciones y transformaciones

De niña, acostumbraba vivir en la casa de mis abuelos, en un pueblo de campo. No había calles pavimentadas, ni edificios grandes, y a veces, ni siquiera electricidad. La casa tenía un patio donde mi abuelo tenía todo tipo de árboles y plantaba una gran variedad de vegetales y plantas ornamentales. Me encantaba caminar en el patio con él porque me explicaba cosas interesantísimas acerca de la naturaleza. Justo fuera de la cocina, había tres árboles de limón ácido que eran el hogar de muchos pajaritos y nos regalaban sombra y limones jugosísimos y deliciosos. Un día, mientras recogíamos limones, me di cuenta de que eran más grandes y jugosos que los que vendían en el mercado. Cuando le pregunté por qué eran mejores, me explicó que nuestros árboles eran injertados y que por sus frutos eran más grandes y jugosos.

Lej Lejá, la porción de la Torá de esta semana, está llena de temas interesantes. Leyéndola, me llamó la atención que justo en el primer párrafo, D-s menciona la palabra “bendición” ¡cinco veces! Buscando la razón del énfasis inusual de esta palabra, encontré el comentario de esta parashá escrito por la rabina Dena Weiss, en la cual menciona que, de acuerdo con el rabino Menahem Nahum de Chernobyl, mejor conocido como Me’or Einayim (1730-1787), la raíz hebrea formada por las letras bet (ב), resh (ר) y jaf (כ), en su forma infinitiva levarej, significa bendecir; pero cuando se conjuga como l’havrij, su significado es injertar. Pero ¿qué tiene que ver injertar con D-s, Abraham y eventualmente con nosotros? Me’or Einayim nos dice que cuando D-s te bendice, te está injertando en sí mismo.

Cuando hablaba con mi abuelo acerca de los árboles de limón, no tenía idea qué significaba “injertar.” Con infinita paciencia, él me explicó qué era, cómo se realizaba y cómo la parte injertada se funde con la planta raíz y ambas partes se convierten en una sola entidad. ¡El proceso me pareció fascinante! Más adelante, muchas veces, le ayudé a injertar rosas, y él me decía que el secreto era tener una planta raíz fuerte que alimentara y mantuviera al débil retoño implantado. Entonces, cuando las rosas finalmente florecían, ¡eran bellísimas!

Pero en nuestra historia de la Torá, cuando D-s bendice a Avram, nada pasa en realidad. Los años transcurrían y las promesas divinas continuaban llegando, pero sin resultados tangibles. No llegaban los hijos para que Avram realmente pudiera soñar en el desarrollo de una enorme nación. Fue hasta diecinueve años después de esta primera explosión de bendiciones, cuando Avram tenía 99 años, que D-s se le aparece y le ofrece un pacto, un brit, parte del cual incluía el cambio de nombres tanto de él como de su esposa, de Avram y Sarai a Abraham y Sarah.

Pero regresemos a mi infancia. Mi abuelo continuó explicándome que el proceso de injertar requería cortar un brote tierno de una planta en un ángulo de 45 grados, y luego hacer un corte profundo en forma de T en la planta raíz, o cortar ésta también a 45 grados, unir ambas partes, envolverlas ajustadamente y permitir que la herida cerrara. Pronto, la nueva planta comenzaría a crecer aún más fuerte, me decía.

El segundo paso en el pacto de D-s con Abraham era la circuncisión. Leemos:

“Este es Mi pacto que cuidarás entre tú y Yo y tu simiente después de ti: Cada varón entre ustedes será circundado. Circuncidarán la carne de su prepucio y esa será la señal del pacto entre tú y Yo… Y así Mi pacto estará en tu carne como un pacto eterno.”
– Gén. 17: 10-11 y 13

¡Increíble! La circuncisión y el injerto son procesos que se realizan de manera muy similar.

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Un día, mientras estábamos injertando algunas rosas, pregunté:
– Papi, ¿injertar no es doloroso para las plantas?
– Sí, claro, injertar es doloroso para las plantas y para el jardinero, respondió; pero el dolor no es nada comparado con los resultados que obtienen todas las partes.
– Pero, insistí, ¿no es mejor que cada planta crezca tal y como es?
– Esa es una posibilidad, me dijo. Pero piensa en esto: ante todo, no se injerta a todas las plantas, solo a las que deseas separar, convertirlas en algo especial. Una vez injertadas, las nuevas plantas nos deleitarán con flores maravillosas e increíbles frutos.
Y, pregunté de nuevo,
– ¿Cómo sé cuáles plantas están injertadas?
– Busca la cicatriz, me dijo. La cicatriz siempre estará ahí, como testigo del maravilloso proceso de transformación. Toda transformación implica algún tipo de dolor, y no hay crecimiento, no hay evolución sin dolor. El dolor, con propósito, como al injertar, es una bendición.

Que esta semana seamos bendecidos con sabiduría para comprender las bendiciones ocultas del dolor y ser capaces de mirar nuestras cicatrices, físicas y emocionales, como recordatorios de renovada fuerza y posibilidades.

¡Ken y’hí ratzón!


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