De mentiras y engaños, la historia de la humanidad

Y soñó, y he aquí que había una escalera apoyada en la tierra cuya cima llegaba al cielo; y he aquí que ángeles de D-s subían y bajaban por ella.
– Gén. 28:1

Mientras trataba de conciliar el sueño en la dura cama de piedra, sumido en la oscura soledad del desierto, Yaakov reflexionaba en lo particular que era su familia.

Hacía ya muchos años, en una noche estrellada y alrededor de una hoguera en medio del desierto, su padre Yitzjak contó la historia que, desde tiempos inmemoriales, se trasmitía de boca en boca.  La leyenda es más o menos así.

Cuando el más antiguo de sus antecesores, Adam, vivía acompañado de su amada Javá en un mítico jardín más allá del gran río que atravesaría su abuelo Abraham, hacía ya muchísimo tiempo; se inició la práctica de decir las cosas con otras palabras, como para engañar a los demás.

Y es que, desde que supo que no debía comer el producto de aquel hermoso árbol que estaba en el centro del jardín, el deseo creció más y más hasta ya no poder resistir la tentación de saber lo que escondía el fruto del bien y del mal, del conocimiento hasta ahora velado para ellos.  Lo comió en compañía de su mujer.  Y con el primer bocado supo que ya la vida no volvería a ser tan fácil y sencilla como había sido hasta el momento.  Ahora tendrían que parir hijos, sudar, cultivar la tierra, moldear los metales, inventar herramientas, fabricar máquinas, construir carros, trenes, autos, aviones, volar a las estrellas.  Conquistar el planeta y sojuzgar a las demás criaturas.

Mas cuando fue cuestionado por haber cometido tal falta, no tuvo ningún empacho en mentir y echarle la culpa al más miserable de los animales que poblaban el jardín.  Una serpiente, sin patas, arrastrándose todo el tiempo y viviendo entre las malezas, fue la víctima propicia para endilgarle el eterno estigma de un pecado original del cual ni siquiera tuvo idea ni mucho menos disfrute.

Una hermosa noche de verano, muchos siglos después de este pecado primigenio, el abuelo Abram se encontraba cuidando las ovejas en el campo, lejos de las luces de la aldea de Téraj, su padre.  Avanzada la noche, el sueño empezó a vencerlo y se recostó en una roca para no caer en el duro suelo.  En medio de un sopor invencible, empezó a notar que las estrellas palpitaban en una loca danza, ahora hacia los lados, luego para atrás, de repente en una vertiginosa carrera se acercaban al horizonte, como queriendo hundirse en el río Tigris.  Raudos cometas trazaban curvas en la negritud del cielo, mientras la luna menguante palidecía ante la llegada del nuevo mes.  Todo parecía ser un caos sutilmente controlado por algo que le daba equilibrio a aquella desbandada de luminarias.  Y entonces, como en una epifanía, comprendió que el universo estaba controlado por una única y perfecta voluntad.

El aullido lejano de un coyote le despertó cuando ya los primeros rayos del sol aparecían por entre las rocosas montañas.

Cuando Abram regresó a su tienda, Téraj notó que el rostro de su hijo resplandecía y su mirada transmitía la certeza de que sabía algo que nadie más conocía.  No le dijo nada, tal vez era que el amor había tocado su corazón…  O que la abundancia de nacimientos de corderos predecía buenos tiempos.  

El viejo padre tenía que salir a un corto viaje, así que le pidió a Abram que le cuidase su taller de ídolos. Porque a eso era a lo que se dedicaba, a fabricar estatuillas de los diferentes dioses que se adoraban en la zona.  Había de todos los tamaños y formas: humanos y animales, hembras y machos.

   Cuando Abram estuvo solo frente a los inanimados objetos, les interpeló.  Les exigió que se movieran, que hicieran algún milagro.   Inmutables, permanecieron en su silencio de cosas sin vida.  Él lo sabía y por eso los retó.  Le pidió valor al poder que había descubierto la noche anterior, y con un enorme palo arremetió contra las figuras de barro.   Una oreja por allá, unas patas por acá, los hermosos rizos de una diosa crujiendo bajo el golpe implacable…

  Estaba por terminar su trabajo de exterminador, cuando su padre regresó rodeado por todos los varones y sacerdotes, y quedó pasmado ante aquel desastre.  El trabajo de varios meses perdido, y su hijo sudoroso, en un paroxismo de exaltación, rodeado por el terrible estropicio.

   ¿Y qué hizo nuestro buen amigo?  Respiró profundo y, sin inmutarse, con total frialdad, levantó su mano y con absoluta seguridad en su mirada, señaló al más grande de los ídolos, de unos dos metros y que apenas tenía algunas huellas del ataque, diciendo: ─¡ese grandote destruyó a todos sus rivales con ese palo que está en el rincón!

Era una mentira increíble, por supuesto, pero la gente del pueblo no la negó porque habría significado admitir que sus dioses eran vanos.  Para Téraj y los sacerdotes, lo que había hecho su hijo había sido un gran sacrilegio y ya no podrían verlo como parte de su pueblo.  De igual manera Abram no viviría tranquilo en un lugar en el cual se sentía diferente.

Así que un buen día, junto con su bellísima esposa Sarai, sus sirvientes y la heredad que le correspondía, consistente en un gran rebaño de ovejas, partió al suroeste, más allá del río Éufrates.

Mas aquí no cesan las mentirillas de don Abram.

Al llegar a las tierras gobernadas por el faraón de Egipto, sintió miedo de ser asesinado, ya que era costumbre que el soberano matase a los hombres extranjeros para quedarse con sus mujeres.  Y siendo Sarai tan hermosa, Abram temió por su vida y le pidió a su esposa que dijese que eran hermanos.  El rey respetó la vida del susodicho, y se llevó a Sarai a su palacio.  Pero cuando se dio cuenta del engaño, estuvo a punto de arremeter contra el mentiroso.  Solo un milagro pudo salvarlo de una muerte segura.

Cualquiera diría que con semejante susto Abram nunca volvería a intentar engañar a nadie.  Pero como dice el refrán: “perro que come huevos ni quemándole el hocico”.

Así que estuvo a punto de perder a su amado hijo Yitzjak cuando, en un arrebato de pasión espiritual, lo convenció de participar en un sacrificio ritual sin decirle que él precisamente sería la ofrenda.  A punto de concretarse tan terrible tragedia, intervino de nuevo la providencia divina, y el muchacho se salvó.

La secuela de engaños continuó con el mismo Yaakov quien, alentado por su madre Rebeca, engañó a su padre Yitzjak, para hacerse pasar por el primogénito y relegar a su hermano gemelo Esav a un segundo lugar.

Y era por esa razón que hoy estaba huyendo de su enfurecido pariente, con la cabeza apoyada en una dura piedra y observando las mismas estrellas que su abuelo Abraham, muchos años atrás había mirado con ojos de santo.

En la historia judía no hay coincidencias

Elie Wiesel

Si me preguntaran cuál es mi palabra favorita en idish, diría bashert. Esto se traduce en la idea que Wiesel capturó con tanta belleza como un aforismo. Mientras más años cumplo más me sorprendo ante su verdad, tanto en un sentido nacional como personal. Los aparentes eventos al azar, fortuitos y aleatorios que conforman nuestra vida comienzan a formar una narrativa coherente y con un propósito cuando los vemos desde una perspectiva divina. Con la sabiduría de una visión retrospectiva, muchas veces tuve la oportunidad de reconocer que la coincidencia no es más que la manera en que Dios elige mantenerse anónimo. 

Rav Benjamín Blech

Si me preguntaran cuál es mi palabra favorita en yidish, diría bashert. Esto se traduce en la idea que Wiesel capturó con tanta belleza como un aforismo. Mientras más años cumplo más me sorprendo ante su verdad, tanto en un sentido nacional como personal. Los aparentes eventos al azar, fortuitos y aleatorios que conforman nuestra vida comienzan a formar una narrativa coherente y con un propósito cuando los vemos desde una perspectiva divina. Con la sabiduría de una visión retrospectiva, muchas veces tuve la oportunidad de reconocer que la coincidencia no es más que la manera en que Dios elige mantenerse anónimo. 

Rav. Benjamin Blech


Descubre más desde Academia de Estudios Judíos

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.