La política agraria de Yosef

Y pan no había en toda la tierra, pues la hambruna era muy grave; languidecieron la tierra de Egipto y la tierra de Canaán a causa del hambre.
– Bereshit 47.13 Vaigash

         Hassam había estado toda la mañana a la orilla del río, tratando de pescar algo que llevar a su familia.   Ya estaban en el sexto año de la dura sequía y donde antes había jugado con sus amiguitos entre verdes juncos, hoy se extendía una nauseabunda ciénaga llena de moribundas ranas, precursoras de una plaga que azotaría el país muchos años después.  El sol de mediodía azotaba con inclemencia, y sus rayos atravesaban el turbante con el que pretendía proteger su cabeza adolescente.  Convencido de que ese día no obtendría un solo pescado, recogió la caña y la cesta vacía y con paso lento y cansado se dirigió a su pueblo.  A medida que se acercaba a las chozas medio derruidas, la tristeza circundante lo iba embargando.  No había una sola hoja verde. Un polvo seco se levantaba en espirales cada vez que el viento del desierto soplaba con ráfagas ardientes.  Entró a la casa.  Su madre, envejecida prematuramente, trataba de cocinar algunas ramas de junco que pudo encontrar más allá de las pirámides, para medio aplacar el hambre de los más pequeños.  Puso los aperos de pesca en un rincón y salió para averiguar qué era aquel ruido que se escuchaba en la calle.

         En tumulto, levantando el polvo con sus gastadas sandalias y en medio de un incomprensible barullo, un famélico grupo de hombres caminaba hacia la cercana ciudad.  Entre el grupo pudo distinguir a su padre y, apurando el paso, pronto estuvo a su lado.

         ─ Padre, ¿qué está sucediendo?, le preguntó mientras avanzaba a zancadas para no quedar atrás.

         ─ ¡Ya no soportamos esta hambruna!, le respondió.  

         ─ Mientras nosotros padecemos hambre y nuestros hijos mueren, en el palacio del faraón abunda la comida.  Vamos a exigir que nos den del grano que se guarda en los almacenes reales.

         En el camino se iban agregando más y más campesinos venidos de las aldeas cercanas, hasta formar un torrente humano que inundó las calles de la ciudad faraónica.  Pasaron entre las hileras de grandes estatuas de leones con cabezas humanas que parecían mirarlos con desdén.   Muchos de ellos habían trabajado en la construcción de esos monumentos a la vanidad.   Otros habían muerto cargando aquellas pesadas piedras, mientras recibían por pago un miserable plato de comida.

         Entraron por la enorme puerta para embocar en la plaza frente al palacio del Faraón.   Guardias armados les impedían subir las gradas, por lo que pidieron ser atendidos por el primer ministro, Yosef.

         Pocos habían visto a aquel hebreo venido de tierras lejanas que había ganado la confianza del gobernante al interpretar correctamente sus sueños, y preparado el país para enfrentar la dura sequía que quemaba sus campos y los condenaba a vivir al borde de la inanición.

         Cuando, precedido por toques de trompetas, apareció en la última grada el enviado del faraón, la muchedumbre dio un paso atrás, atemorizada ante la imponente presencia de aquel personaje.  Venciendo el temor, uno de los más ancianos jefes del pueblo, se atrevió a ascender dos escalones y se dirigió al noble, que permanecía inmutable, a sabiendas del reclamo de los egipcios.

         ─ Excelencia, dijo el viejo.  Nuestro pueblo no tiene comida.  El grano que nos diste el año pasado ya se agotó y las despensas están vacías.  Nuestras mujeres y nuestros hijos padecen hambre.  ¡Estamos a punto de morir mi Señor!

         Yosef guardó silencio mientras se preguntaba con cierto grado de molestia, cómo era posible que estas gentes, habiendo sido advertidos de que la sequía tomaría siete años, no había podido guardar grano para enfrentarla.

         Estaba a punto de recriminarles su falta de iniciativa, cuando los recuerdos llegaron en tropel a su mente.

         Allá en Goshén, lejos de la hambruna, sus hermanos y sus familias tenían suficientes alimentos, gracias a la bondad de su protector, el faraón.

         También recordó que habían llegado a Egipto huyendo de otra hambruna que azotaba sus lejanas tierras, y habían sido recibidos con gran simpatía por el gobernante.

         Y mientras miraba aquellos rostros surcados de arrugas, apergaminados, con el hambre y la desesperación reflejados en sus ojos, su corazón se ablandó, sintió que una fuerte mano le apretaba el pecho, y se avergonzó por haber tenido pensamientos tan innobles.

         ─ Haremos un trato.  Les dijo.

         ─ De las bodegas reales podrán tomar para ustedes y sus familias, todo el grano que necesiten durante el año que falta para que termine la hambruna.  Así como también semilla para que vuelvan a cultivar la tierra.  A cambio sus tierras pasarán a ser propiedad del faraón, lo mismo que la quinta parte del trigo que en un futuro cosechen.

         Aunque era un trato un tanto duro, los egipcios aceptaron y así pudieron superar la hambruna, llevando comida a sus familias.

         Y Yosef demostró nuevamente que era una persona con una excepcional capacidad para resolver las difíciles pruebas que el destino le deparaba.


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