Esa noche Tino no podía dormir. Los cientos de zancudos que zumbaban en su oído y le picaban sin piedad, el calor de un dormitorio abarrotado y los olores y ronquidos de más de medio centenar de viejos como él, convertían el lugar en un verdadero sitio de tormento.
Aunque le permitieron que su familia le llevara ropa de cama y todos los días su abnegada esposa le hacía llegar la comida, no podía escapar a la asquerosa rutina que tenían que cumplir los presos del pabellón de adulto mayor de la cárcel más grande del país.
Apenas rayaba el sol tenía que dejar el mugriento colchón para ir en primer término a los baños cuyo piso estaba cubierto de una nata verde de hongos donde, sin ninguna privacidad, se bañaba o por lo menos lo intentaba. Para aliviar el vientre estaban unos agujeros que, cual baño turco, ponían a prueba el equilibrio ya casi ausente en su vejez.
Luego al comedor colectivo donde irremediablemente tenía que compartir espacio con cualquiera de los huéspedes, ya fuera un relativamente higiénico y educado estafador como él, o un desdentado y greñudo sobreviviente de la calle. Y luego el interminable día, húmedo y caluroso, sin prácticamente nada que hacer más que remoler la conciencia. Luego la cena, si se puede llamar así, y un poco de televisión con el canal escogido por el vigilante de turno, para finalmente arrastrar los pies hacia el dormitorio ingrato. Y así día tras día, noche tras noche.
No podía entender cómo había llegado a ese lugar maldito, él que siempre disfrutó de riqueza y poder, que tenía la potestad para contratar y despedir a decenas de empleados; con una esposa sumisa y unos hijos obedientes, con comidas y licores de la mejor calidad y viajes al extranjero en primera clase. Con su voz fuerte y autoritaria que intimidaba a quienes le rodeaban. Viviendo en un palacio inmaculado, con las mejores telas en sus camas y los más fastuosos ropajes en su vestidor.
Años atrás había soñado que estaba en la finca familiar, allá en las interminables llanuras del norte, y que ante su mirada desfilaban primero siete hermosas y gordas vacas de raza Holstein, con sus ubres rebosantes de leche y sus mansos ojos que le miraban con dulzura. Y luego siete vacas criollas, flacas hasta los huesos, que apenas podían dar paso agobiadas por los parásitos y las moscas que presagiaban su trágico final.
Detrás de esa extraña procesión caminaba un hombre, joven aún, que cargaba el dolor de la injusticia, la esclavitud y la prisión. Le miró con unas cuencas vacías, y desde un agujero que debía ser boca salió un murmullo que, con aliento helado, le dijo:
─ Durante un tiempo prolongado la fortuna te ha sonreído sin límites. Heredaste riquezas y tierras, recibiste educación de calidad con los mejores maestros, has tenido las mujeres que quisiste, autos de último modelo, mansiones de lujo.
En tus empresas siempre has tenido éxito, fabricaste hermosas construcciones para la gente poderosa de tu país.
─ Pero nunca te saciaste, cada vez quisiste más y más. Le reclamó la aparición, ensombreciendo el tono de su voz.
─ Te sientes muy poderoso cuando maltratas a las personas a tu alrededor, desde tu esposa y tus hijos, hasta la gente que trabaja para ti. Eres ambicioso y no te preocupa usar las malas artes para apoderarte de los bienes ajenos. Recuerda la forma en que quisiste usurpar aquel hotel de montaña, ¡fuiste absolutamente deshonesto!
─ Ya pasó la época de las vacas gordas. A partir de esta noche tienes una última oportunidad para cambiar tu conducta, de lo contrario, conocerás lo que significan las siete vacas flacas. Sentenció el fantasma antes de desaparecer en la bruma matinal.
Tino despertó sobresaltado, nunca antes había tenido un sueño tan vívido, casi una pesadilla. Sin embargo, no le dio importancia ya que ese día que iniciaba sería uno de los más importantes de su vida. Hoy se casaría su única y amada hija con un joven y rico profesional, por lo que su felicidad era extrema, iba a cumplirse su sueño de unir su nombre al de una familia de su mismo rango. No hace falta entrar en detalles de la fastuosa recepción celebrada en uno de los mejores hoteles de la capital, con asistencia de la crema y nata de la sociedad.
En ese momento sentía que estaba en la cima del éxito de un hombre de su abolengo. Empresa exitosa, familia obediente a su mandato, y una relación social envidiable. Así que el sueño premonitorio había dejado de ocupar un sitio en su memoria. Y tampoco recordaba la advertencia implícita en la pesadilla, de manera que continuó su errada práctica de maltratar a quien se le atravesara en su camino, trataba como esclavos a sus trabajadores, pagando malos salarios y extendiendo las jornadas laborales, y engañando a sus clientes y socios.
Hasta que de repente todo empezó a cambiar. La burbuja inmobiliaria reventó y evidenció los fraudes que había cometido con las propiedades a su cargo. De la noche a la mañana había perdido casi todo su capital. Su esposa empezó a dar señales de una enfermedad crónica y sus hijos varones tuvieron que buscar otras opciones de sobrevivencia. Y para colmo, su preciada hijita, la joya de sus amores, abandonó al príncipe de ensueño y siguió su vida al lado de un simple plebeyo.
Un día recibió la visita de los agentes judiciales, quienes con orden de un juez le esposaron para conducirlo al juzgado, en el cual le leyeron los cargos por estafa inmobiliaria. La cárcel y el juicio desembocaron en una sentencia de cinco años de prisión en la etapa de adulto mayor del tétrico presidio.
Cuando salió en libertad se vio obligado a convivir con su enferma esposa en un diminuto apartamento cedido por familiares, y a vivir prácticamente de la caridad de sus hijos. Pero ahí no terminaron las vacas flacas. Su orgullo permanecía íntegro y continuó el maltrato a la pobre anciana quien, a pesar de su enfermedad mental, continuaba idolatrándolo como el primer día. Mas sus hijos se dieron cuenta de lo que sucedía a su madre, así que le obligaron a irse del refugio que le habían brindado.
Tino acabó sus días viviendo en aquella asquerosa cuartería, en una de las más miserables y peligrosas barriadas de la capital, en medio de la miseria y porquería que tanto había detestado, preguntándose aún qué había hecho mal para merecer semejante castigo, él que había nacido y vivido como un faraón.

