Fue un día muy intenso y lleno de emociones. Se habían levantado con los primeros rayos del sol que salía allá por las montañas de oriente, allende el mar salado. Debían llevar la manada de cabras a sus pastos antes de que los rayos inclementes calentaran las áridas rocas del desierto. Cuando llegaron al oasis, ya algunos otros inquilinos, esta vez zorros, ocupaban las mejores sombras, por lo que tuvieron que alejarlos a pedradas. El resto del día se la pasaron en un constante ir y venir entre los desfiladeros, para evitar que los corderos más jóvenes se dispersaran y fueran víctimas de los depredadores.
Y esa rutina era de todos los días, excepto el sétimo, que dedicaban a descansar de sus labores, y elevar sus oraciones a su poder superior.
Esa noche el joven y su viejo abuelo descansaban al lado de la hoguera, que los protegía del frío del desierto. Era el inicio del mes, por lo que la luna no apareció y en su lugar millares de estrellas resplandecían en la negritud. Las llamas bailaban mientras consumían aquellos maderos secos, produciendo sonidos extraños y lanzando multitud de chispas al aire.
El abuelo aprovechaba siempre estos momentos de calma para comentar con el nieto las historias que durante siglos se transmitían de generación en generación. Mientras tanto, dirigían sus miradas al cielo tratando de contar las luces que allá arriba titilaban.
—Mira mi pequeño David, esas estrellas que parecen formar una cometa, son las siete cabritas. Su cola ayuda a las caravanas de camellos a cruzar el desierto, ya que siempre señala al sur. También es muy importante para nosotros porque en esa dirección está la montaña donde vive el dios de Abraham, Yitzhak y Yaakov. Y nos advierte de un lugar al cual no debemos volver, Egipto.
—¿Y qué ocurrió en ese lugar al cual temes?, preguntó el niño con gran inquietud.
— Pon atención. Dijo el viejo.
— Cuando nuestros antepasados tuvieron que emigrar a ese país, para escapar de una terrible hambruna que azotaba nuestra tierra, fueron muy bien recibidos por el faraón y su primer ministro Yosef, quien pertenecía a nuestro pueblo. Vivieron muchos años protegidos de las asechanzas y envidias de los egipcios. Mas cuando ya habían muerto el faraón y todos los israelitas de la primera generación, un nuevo rey llegado del sur de Egipto, y que no conocía el gran aporte que había dado Yosef al bienestar del reino, esclavizó a nuestros hermanos y mandó matar a todos los varones nacidos de las mujeres hebreas.
Pero un niño había sido salvado, y criado por la hija del faraón como hijo suyo. Fue nombrado Moshé, que significa rescatado de las aguas. Cuando creció, supo que era parte de aquel pueblo esclavizado. Un día vio cómo un capataz egipcio maltrataba a un israelita y, sin pensar en las consecuencias, le mató. Por esa razón tuvo que huir de la presencia del faraón y fue a refugiarse en el desierto, donde conoció a un sacerdote del Dios Único y a la mujer que sería su esposa.
Pasaba el tiempo apacentando las manadas de cabras de su suegro, reflexionando acerca de su destino: de hijo adoptivo de la princesa de Egipto, viviendo con todos los lujos de la corte del faraón, a pastor de ovejas en la aridez y soledad del desierto.
Una tarde, mientras descansaba a la sombra de una palmera, vio que una zarza estaba envuelta en llamas. No se sorprendió porque era muy común que, con el calor del mediodía, las plantas ya resecas iniciaran un fuego espontáneo. Pero minutos después se dio cuenta de que el matón no se consumía. Ardía, pero permanecía intacto. Perplejo se acercó al incendio hasta que una voz venida de su interior le ordenó detenerse.
La historia es bien conocida, muchas veces la hemos relatado en nuestra Pascua. Pero lo que no deja de maravillarme es la reacción de Moshé ante la misión que le fue impuesta. ¡Debía presentarse ante el faraón y exigirle la liberación de todos los israelitas que mantenía como esclavos!
Y cumplió con lo mandado, a pesar de sus inseguridades y discapacidades físicas. Esta conducta de nuestro liberador solo se puede explicar por la fe que él demostró en las promesas de su Dios.
Así concluyó el viejo su historia.
Después de este relato el muchacho se quedó expectante, sin todavía comprender el significado de la palabra fe. Para una mente como la suya, acostumbrada a darle explicación a todas las cosas que iba conociendo, ese asunto de la fe no solo le parecía inexplicable, si no también inaceptable. Miró al cielo tratando de encontrar en la oscuridad la respuesta a su inquietud.
Repentinamente, una enorme y brillante estrella fugaz cruzó el estrellado telón de la noche. Sin parpadear, David le siguió el rumbo a aquella estela que se iba apagando conforme penetraba en la atmósfera terrestre.
— Si pides en tu mente un deseo, sin contarlo a nadie, éste se cumplirá. Le dijo el abuelo con gran seguridad, cuando ya el meteoro había desaparecido.
—¿Y cómo puedes estar tan seguro? —le respondió el muchacho.
— Tienes que tener fe.
—¿Y con solo la fe se cumplirán mis deseos?
—No, dijo el sabio anciano. También hay que poner un gran esfuerzo, trabajar mucho. Si tus deseos son justos y trabajas con empeño, todas las fuerzas del Universo te abrirán el sendero que tu destino debe seguir. La fe no consiste en creer que las cosas llegan fácilmente, sino en estar absolutamente seguros de que nosotros tenemos la fuerza necesaria para conseguirlas.
Y mientras el anciano y el joven caminaban hacia su tienda en la aldea, las últimas chispas de la hoguera saltaban y crepitaban, delatando la presencia de una sabiduría universal.

