Una historia de justicia
Una vez, Alejandro llegó a tierras lejanas gobernadas por mujeres. El quería conquistarlas, pero ellas se burlaron de él: “Si nos vences, ¡qué deshonor!… Y si te vencemos, ¡qué vergüenza!” Por lo que, tras pensarlo un poco, decidió establecer un tratado de paz con ellas.
Entonces él les dijo, “Muéstrenme su justicia.”
Ellas lo llevaron a la corte, donde una de sus mujeres estaba juzgando los casos presentados. Dos hombres llegaron frente a ella, cada uno acusando al otro de jugar sucio en un negocio.
“Yo le compré un terreno a este hombre”, dijo uno de ellos, “y encontré un tesoro enterrado en mi campo, el cual yo no me comprometí a adquirir. Pero cuando le ordené al vendedor que se llevara el tesoro, él se negó.”
El otro protestó, “Cuando le vendí el terreno a este hombre, le vendí lo que estaba encima y debajo de la tierra. ¡Si me llevara el tesoro que él menciona, me convertiría en ladrón!”
La juez preguntó a los dos hombres si tenían hijos de edad casadera. Uno tenía un hijo y el otro tenía una hija.
“¡Les ordeno que los casen”, sentenció la juez, “y que compartan el tesoro entre ellos!”
Cuando Alejandro escuchó la sentencia de la juez, soltó una carcajada. “En mi reino”, dijo, “yo hubiera ordenado que mataran a ambos, y me hubiera apropiado del tesoro!”
“¿En su país hay ovejas, cabras y vacas?” le preguntaron las mujeres.
“¡Por supuesto!” respondió Alejandro.
“Entonces es por el bien de ellos que el sol brilla y la tierra regala su abundancia, porque la gente claramente no merece tales bendiciones.”
Y cuando Alejandro partió de aquella tierra, dejó una inscripción en las puertas de la ciudad:
“Era un tonto hasta que vine aquí para aprender sabiduría de las mujeres.”
Rabbi Rivkah bat Libby
Shoftim 5785

