Vivir en el trópico durante Succot no es una tarea fácil. La frágil estructura de la Succá recibe innumerables aguaceros, los cuales hacen que las tradicionales y alegres decoraciones de papel crepé no puedan utilizarse; esto sin contar que cualquier tipo de mesa o silla que se coloque, debe ser a prueba de agua. Ni qué decir de olvidarse de la posibilidad de dormir en la Succá, ya que acabarías empapado y resfriado en el mejor de los casos. Ah! Y eso de ver las estrellas… bueno, el cielo normalmente está nublado durante este tiempo, haciendo que las únicas estrellas que brillen sean las metálicas que colocamos como adorno y fuente de inspiración.
Aún así, la Succá posee una magia especial que, al menos en mi caso, me motiva a construirla todos los años, a pesar de todos los inconvenientes antes mencionados.
Y quizá lo que más me gusta es sentarme a solas en algún momento cada día, y observar la silla vacía que se coloca para honrar a los Ushpizim, a los visitantes ancestrales, quienes se turnan para ocupar el sitio de honor, uno cada día.

Y me gusta sentarme así, para dar la bienvenida a cada uno de ellos, para abrirme a la oportunidad de sentir la energía transformadora que representan y tal vez, solo tal vez, ser capaz de captar algún mensaje.
Cada año, la experiencia es diferente. A veces no pasa nada, o eso pienso yo. Otras veces, salgo más serena de como entré, un poco más paciente, un poco más alegre, o un poco más humana. En algunos momentos, he tenido la sensación de que hay un cambio en la textura del ambiente, como si la luz interior de la Succá fuera más etérea, como si flotara en otro espacio-tiempo donde todo se presenta de diferente manera…
Y este año, he de confesar que me he quedado dormida mirando la silla. Y digo que estaba dormida porque no hay otra forma de explicar la visión que tuve. Pero bueno, juzguen por ustedes mismos. Aquí tienen la historia:
Mientras miraba fijamente la silla vacía, en mi mente había una pregunta: ¿Por qué tenemos que recordar a Abraham, Isaac, Yaacov, Moisés, Aarón, José y David durante Succot? Ya hemos hablado de ellos en otros momentos del año, hemos estudiado sus vidas, hemos recordado sus hazañas y hemos aprendido de sus errores. Entonces, ¿por qué recordarlos durante Succot, dedicando un día a cada uno, honrándolos con un sitio especial bajo la Succá?
De repente, todo cambió a mi alrededor y sentí que no estaba sola. Comencé a escuchar voces, y sentía pasos acercándose. ¡Sí, eran ellos, los Ushpizim!
Abraham, con su mirada profunda y llena de amor fue el primero en sentarse. Me miró fijamente y, sonriendo, me dijo: “En esta Succá me siento como en mi tienda, tiene entradas por los cuatro costados. Eso me gusta mucho. Succot es la fiesta de nuestra alegría, y no existe mayor placer que compartir con los demás. Pero lo que compartimos es mucho más que comida y bebida. Compartimos lo que somos. Cuando tú compartes tu esencia, cuando te muestras íntegra y transparente, cuando le entregas al mundo el regalo de tu presencia, continúas el legado de amor y compasión con el que establecí nuestra familia.”
Yitzjak ocupó el sitio de honor. Una gran sonrisa dibujaba su rostro, a pesar de que sus ojos carecían de luz. “La visión verdadera no es una visión física, me dijo. Esa también es agradable, pero muchas veces nos distorsiona la realidad y nos aleja del camino. Lo que a los ojos abiertos parece bueno y agradable, puede pronto convertirse en pena y dolor. La visión interior nos guía hacia la disciplina, el dominio de la voluntad y la realidad verdadera. La Succá es un hermoso lugar para compartir, pero si solo te quedas con lo mundano, con lo visible, con lo aparente, la lluvia, el viento o los ladrones, pronto destruirán la estructura y ¿qué te quedará? Cuando construyes la Succá con plena conciencia de que puedes perderlo todo, de que lo importante es los siete regalos que recibes con nuestra presencia, entonces, entiendes el verdadero significado de la alegría. Cuando puedes hacer un balance adecuado entre la celebración y la disciplina, eres canal de mi energía y trasmites al mundo una parte del mensaje de Succot.”
Yaacov llegó cojeando. Se inclinó ante su padre y se sentó en la silla. Con voz profunda, comenzó a hablar: “No tengo la compasión de mi abuelo, ni la disciplina de mi padre. Mis méritos son pocos y la alegría se escabulló de mi vida por muchos años. Quizás yo soy tan frágil como el marco de esta Succá, que puede ser destruida por cualquier fuerza de la naturaleza. Pero en reconocer la fragilidad se esconde una gran fortaleza, ya que buscas soporte e inspiración en las fuentes de apoyo como mis antepasados, y sobre todo, en la fuerza infinita del D-s de Israel, quien nunca me ha abandonado a pesar de todas mis faltas. Cada vez que construyes la Succá estás realizando un acto de afirmación en el que recuerdas que tienes un pacto eterno con la Fuente Infinita de la Vida; y la belleza se impone cuando te das cuenta que, mientras tú hagas el esfuerzo por realizar tu parte, recibirás siempre mucho más de lo que mereces como respuesta.”
Moshé, con su bastón, se acercó. Miró todo alrededor y, con un suspiro, tomó asiento. “Las cosas no se logran solo con desearlas”, dijo. “Hay que trabajarlas, crearlas. No importa lo que nos cueste, no debemos de abandonar nuestro intento. Una vez, otra vez, mil veces si es necesario. Construir la Succá cada año debería ser como construir el mayor sueño de la vida. Sabemos lo que queremos. Probamos un modelo diferente cada año y al siguiente, encontramos formas de mejorarlo, de darle más vida, de perfeccionarlo. Lo interesante radica en nunca detenerse, en nunca sentirse satisfechos, en nunca creer que ya hicimos todo lo que podía hacerse. Por eso yo no pude entrar a la Tierra Prometida. Si lo hubiera hecho, ¿qué hubiera seguido intentando? El viaje es lo importante, la transformación, el disfrute del proceso. La victoria radica en la renovación constante del camino hacia la meta.”
Desde una esquina, Aharón, con su traje de Sumo Sacerdote, se acercó lentamente. Tras abrazar a su hermano, ocupó el lugar en la silla. “Quiero decirte que la Succá es un refugio de paz. La paz es algo intangible, una construcción mental que genera una serie de acciones en el mundo material. Pero todo comienza en tu mente. Debes de creer que la paz existe para que se manifieste. La paz es frágil como la Succá. Debes construirla y reconstruirla. Debes protegerla. La paz es el espacio sin paredes donde todos pueden sentirse seguros, donde el respeto es más importante que todas las demás consideraciones. Es como las nubes de gloria que nos protegían en en desierto, presentes aún cuando no tuviéramos consciencia de que estaban ahí. Construye la paz, a pesar de todo, de la misma manera que construyes la Succá.”
Imponente, apareció Yosef. Con su traje egipcio y su personalidad magnética, su presencia transformó la energía. “La pasión es la fuerza que mueve al mundo”, afirmó. “Es el motor que nos impulsa a ser mejores, a construir ciudades, a descubrir medicamentos, a hacer avanzar el saber humano. Sin embargo, el mayor reto de los seres humanos radica en saber canalizar sus pasiones de forma constructiva. La Succá nos permite hacer un ejercicio de autoconocimiento y de autodominio. ¿Qué cosas, ambientes y circunstancias se están convirtiendo en adicciones? ¿Puedo controlarlas? ¿En qué áreas debo trabajar con más ahínco para convertirme en el rector de mi vida? Vivir en la Succá es mucho más que algo divertido, es un profundo análisis interior que nos permita crear un fundamento sólido para la vida.”
Sin decir más, se retiró para dar paso al más famoso de todos los reyes: David. Simple, con su arpa en la mano y una pequeña corona en la cabeza, ocupó la silla y tocó una suave melodía antes de comenzar a hablar. “La Succá es el reino de tu alma. Gobernar hacia afuera es siempre fácil. Solamente tienes que lidiar con otros. Gobernar hacia adentro es lo más difícil, porque se trata de tus emociones, tus pensamientos, tus deseos… Y todos ellos luchan constantemente por llamar tu atención y colocarse en primer lugar. Ser el rey de tu vida requiere que estés consciente de la fragilidad de tu reino, de la importancia de contar con la energía que representamos cada uno de nosotros, tus Ushpizim, tus huéspedes. No estás sola. Nunca has estado y nunca estarás sola en esta misión de gobernar tu vida. Siempre estaremos contigo. En tu Succá interior siempre nos encontrarás, dispuestos a guiarte y apoyarte cuando lo necesites. ¡Ah! Y canta, por favor. Las canciones te ayudarán a descargar tus penas, a compartir tus alegrías, a dar gracias todos los días por la maravillosa aventura de existir.”
De repente todo se esfumó. Me encontré de nuevo a solas, sentada en la Succá; solo que ahora, con una comprensión diferente de por qué preservamos la tradición de recibir a los Ushpizim.
Que sea la voluntad divina que podamos integrar en nuestras vidas las cualidades maravillosas de estos siete antepasados y que nuestra presencia sea una Succá, un refugio de paz para todos los que nos rodean.
Rabbi Rivkah bat Libby
Succot 5786

