Hay caminos que no elegimos: somos elegidos por ellos.
El judaísmo no entró en mi vida como una ruptura, sino como un recuerdo: un sonido que ya estaba dentro, esperando ser reconocido.
Nací el 4 de abril de 1967 y, décadas después, en ese mismo día, el 4 de abril de 2025, volví a nacer. En la mañana de mi cumpleaños, me presenté ante el Beit Din. Esa noche viví mi primer Shabat como judío, en casa de la queridísima y gentil Rabina Rivkah (Ileanah Carazo), en Costa Rica, rodeado de Fernanda, mi compañera de vida, y de queridas amigas que también se convirtieron ese mismo día: Vanessa (madre) y Maria Pia (hija), quienes se hicieron parte de mi propia historia.
Aquel Shabat fue más que una celebración: fue el lazo entre el nacimiento y el renacimiento, el día en que el tiempo y el alma se encontraron. Fue un instante en que la eternidad se volvió íntima, como en Havdalá, que separa la luz de la sombra y enseña que toda separación es también un comienzo.
El Beit Din estuvo compuesto por tres voces que se convirtieron en bendiciones: la Rabina Rivkah (Ileanah Carazo), cuya sabiduría y delicadeza guiaron todo el proceso con ternura y firmeza; el Rabino Abraham Emanuel ben Nachman v’Carmela (Allan Finkel), cuya presencia serena parecía resumir el sentido de la tradición; y el Rabino Yitzjak ben Yehuda Moshe (Anibal Mass), cuya escucha profunda daba forma a la acogida divina.
Con estas tres personas extraordinarias aprendí que la mirada de un maestro no juzga: reconoce. Ellos fueron quienes, en nombre de la continuidad del pueblo de Israel, abrieron la puerta para que entrara —no como quien llega, sino como quien regresa, sin haber partido realmente.
Ese día, durante la inmersión en la Mikvé, dos queridos amigos, Allan Quesada y Gustavo Chacón, estuvieron conmigo. Sus presencias fueron como bendiciones silenciosas, testigos de un instante en que el cuerpo y el alma se reconciliaron con el agua y con el tiempo. Llevo conmigo una gratitud profunda hacia ambos —no solo por estar allí, sino por comprender, sin palabras, la grandeza de ese momento.
La Rabina Rivkah fue, y sigue siendo, la gran luz de esta travesía. En cada conversación, en cada duda que yo llevaba (aún las llevo y seguiré llevándolas), ella respondía con paciencia y sencillez. Bajo su orientación aprendí que el verdadero estudio no consiste en acumular palabras, sino en purificar intenciones. Frente al mundo milenario que es el judaísmo, lo que sé aún es poco… poquísimo; pero respecto de donde comencé, son las aguas de un océano entero.
Antes de eso, el camino comenzó de forma más silenciosa.
Fue a través de mi amigo Jean Bittencourt, a quien conocí en la Beit Mescani del Rabino Moisés Elmescany, donde di los primeros pasos. Aquel ambiente de estudio y fe despertó en mí la certeza de que el judaísmo no es un lugar que se alcanza, sino un camino que se recorre cada día. También estoy profundamente agradecido a mi amigo Alisson, asiduo participante de la Beit Mescani, quien pacientemente respondió innumerables dudas y me mostró que la comunidad es el corazón del pueblo judío. Su conocimiento, siempre acompañado de humildad, fue puente, mapa y abrazo. En esa misma Beit Mescani conocí a Roberto Shinkay, quien me presentó saberes maravillosos, entre ellos el libro La Anatomía del Alma, de Chaim Kramer.
Y hubo otro personaje esencial: mi querido primo Julio Refkalefsky — reencontrado en el camino de la vida como quien reconoce un lazo antiguo. En realidad, su padre era primo de mi abuelo… por decisión familiar, él es primo de mi madre, y yo, por cuenta propia, decidí que también soy su primo. Sus orientaciones, paciencia y generosidad abrieron puertas de comprensión y me enseñaron que pertenecer es también aprender a cuidar.
Mi amigo-hermano Jacob Elias Serruya fue una presencia constante y silenciosa. De hecho, Jacob es una presencia diaria, aunque sea en el mundo virtual. Cuando el alma necesitaba manos, él estaba allí. Su amistad es un pedazo de la Tierra de Israel que llevo conmigo.
Y mi esposa, Fernanda Paixão, fue la primera en creer en mi decisión —con pasión.¹ Desde el principio apoyó cada paso, estudió conmigo, celebró conmigo, esperó conmigo. Fue ella quien, siendo católica, compartió conmigo el primer Shabat como judío —aquel mismo, en casa de la Rabina Rivkah, en Costa Rica, lleno de luz y emoción. Nada habría tenido sentido sin su presencia fiel, su risa, su serenidad y su PAIXÃO.
Mi conversión fue un camino íntimo. Hice el proceso en silencio, sin contárselo a mi familia, porque no quería crear expectativas: quería que fuera entre el Eterno y yo. Cuando lo conté, la alegría fue mayor de lo que imaginaba. Estaba convencido de que lograría culminarlo, pero… por si acaso.
Mis padres, João de Jesus Paes Loureiro y Violeta Refkalefsky Loureiro, recibieron la noticia con orgullo y amor.
Mi hermano, Walter Refkalefsky Loureiro, y mi cuñada, Camila Macedo Loureiro, celebraron conmigo con el mismo cariño.
Aunque sabía que se alegrarían, su acogedora sorpresa me conmovió. Mi hermano —amoroso, curioso, muy curioso, como buen hermano menor— me llenó de preguntas; algunas pude responder, otras me obligaron a estudiar más. En cada pregunta sentí la bendición del diálogo y el despertar del conocimiento dentro de la familia.
Y, por supuesto, está el habitante más fiel de la casa: nuestro dachshund Fidel, el perrito judío de la familia. Sin saberlo, acompaña cada Shabat con una serenidad que parece oración. Representa el amor que no necesita entender para participar.
El día 4 de abril, que alguna vez marcó mi nacimiento físico, ahora marca también mi renacimiento espiritual.
Cuando me sumergí en la Mikvé, salí con un alma nueva, lavada del tiempo y del miedo, sintiendo solo gratitud.
El certificado de conversión que recibí no es solo un documento: es un espejo del camino recorrido.
Hoy, al escribir estas palabras, siento que la travesía no terminó —solo cambió de forma. Mi conversión no me transformó en alguien nuevo; solo reveló quién siempre fui. Aprendí que ser judío es despertar cada día con la responsabilidad de continuar la creación. El mundo sigue haciéndose —y cada gesto, cada palabra, es parte de ese trabajo sagrado.
Cuando enciendo las velas de Shabat, pienso en todo: en los rabinos que me acogieron, en los amigos que me ayudaron, en la familia que me abrazó y en cada alma que cruzó mi camino.
Y agradezco. Agradezco con la certeza de que el Eterno escribe historias con tinta de luz y de infinita paciencia.
Hoy puedo decir: el Eterno me llamó, y yo respondí.
Bereshit — el mundo comienza de nuevo.
¡Shalom!
Abraham Refkalefsky
(Pedro Carlos Refkalefsky Loureiro)
15 de octubre de 2025
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¹ Nota del traductor: En portugués, el apellido “Paixão” significa literalmente “pasión”. En el original, el autor juega con el nombre de su esposa, Fernanda Paixão, para expresar tanto el sentimiento amoroso como su apoyo apasionado durante la conversión. En español no existe el mismo juego de palabras, por lo que se conserva el nombre original para mantener el sentido afectivo.
2 El texto original se publicó en Portugués, en el blog Midrash de la Floresta: memorias de agua y de piedra. https://share.google/qBtwtb0faemIGoU3N

