El arca del debate

   La noticia cundió por el mundo científico con la velocidad de la Internet.   Finalmente se habían hallado pruebas irrefutables de que los restos casi petrificados hallados en la cima del monte Ararat, pertenecían a la mítica construcción en la que Noé y su familia, junto con parejas de todos los animales existentes en el mundo, se habían salvado del terrible diluvio con el cual la humanidad había sido castigada por su iniquidad.

   En una de las más prestigiosas universidades israelíes un renombrado filósofo y confeso ateo de nombre Noam se empeñó en afirmar, usando todos los argumentos posibles, que tal historia no era más que un cuento sin ningún sustento histórico y menos científico.

A tal punto llegó la controversia que las autoridades académicas acordaron realizar un debate de alto nivel para el cual invitaron a uno de los más reconocidos místicos judíos de la ciudad de Safed.

El día acordado, el auditorio principal estaba repleto de estudiantes y profesores de prestigio.  Prácticamente toda la intelectualidad se había dado cita, con el recuerdo de la famosa disputa de Tortosa que, en la Edad Media por órdenes de un Papa, había enfrentado a los judíos sefardíes con las acusaciones y mentiras de los monjes conversos. 

Pero ahora se trataba del enfrentamiento entre la razón y la fe, o por lo menos eso era lo que estaba planteado.  Además, en un marco de absoluto respeto.

   El barullo provocado por cientos de voces se fue aplacando a medida que ingresaban el rector y los decanos, quienes ocuparon la mesa principal.

   A la hora acordada entró el profesor, acompañado de varios correligionarios y estudiantes avanzados de filosofía y ciencias, ocupando los asientos reservados para ellos.   Casi de inmediato una figura menuda, vestida de negro y cubierta su cabeza por una sencilla kipá del mismo color, pasó a ocupar su sitio frente a su contendiente.

   Al ser un ambiente académico y de pensamiento libre, no se dijo ninguna oración al inicio de la actividad, pero el rabino recitó en voz muy baja el Shemá Israel, la confesión de fe judía.

─ Nos hemos reunido hoy en este lugar para dar paso al intercambio de ideas entre un representante religioso y uno racionalista, para discutir acerca de la posibilidad o no de que la historia del arca de Noé sea verdadera ─, dijo a modo de introducción el rector universitario.

─ El profesor Noam, reconocido a nivel internacional, sostiene que el arca de Noé es un mito y que debe leerse como un pasaje más de una serie de cuentos antiguos.  Por su parte el estimable rabino aquí presente es un místico cabalista y tratará de refutar los argumentos que le sean presentados por el profesor.

─ Esta será una discusión entre hermanos y por lo eso pido, tanto a los estimables participantes como a la audiencia, el mayor de los respetos.  A continuación, paso a dar la palabra al profesor Noam para que exponga sus argumentos.

El profesor, siguiendo el protocolo, saludó a la mesa principal y a los asistentes y luego se dirigió al rabino, en los siguientes términos.

─ Quiero expresar mi más profundo respeto y admiración por su persona.  Sé que es usted un estudioso de los textos sagrados del judaísmo y con total sinceridad busca la verdad, que parece escabullirse a cada instante.  En el caso concreto del Arca de Noé, tengo varios detalles que no se ajustan con mi visión racional de las cosas.  Pero hay uno en particular que excede mi capacidad de aceptación.  Dígame usted señor rabino, independientemente de las dimensiones de la mencionada arca, ¿cómo es posible acomodar tal cantidad de animales, como se dice en la historia de Noé?  Y no solo eso, sino que muchos tenían enormes tamaños, como los elefantes, rinocerontes y camellos.  Y además, las grandes cantidades de comida que se requeriría.   Puede argumentarse que para Dios nada es imposible, y que es un asunto de fe.  Pero aquí se trata de profundizar en la explicación de eventos acaecidos hace miles de años, y de los cuales no se tienen pruebas reales, más bien grandes dudas de su veracidad.

Un murmullo de aprobación salió de la audiencia, compuesta en su mayoría por estudiantes e intelectuales.  La tendencia era dudar de todo lo que no tuviera una explicación científica, por lo que el espacio en el Arca de Noé había sido tema de especulación por muchísimos años.

El rabino, sin inmutarse, acarició su larga barba, dirigió una lánguida mirada al cielo que se dejaba ver por una alta ventana, y con voz tranquila replicó:

─ La ciencia nos enseña que entre cada minúscula partícula de materia hay un espacio ocupado por una sustancia de la que solo podemos intuir su existencia, pero que es imposible de obviar.

Con un leve movimiento de cabeza, el profesor asintió.

─ De hecho, actualmente son constantes los descubrimientos relacionados con la física cuántica, que demuestran la existencia de esta dimensión y las leyes que la rigen.   Podemos afirmar que, a través de esta materia, todo el universo está conectado hasta en las más pequeñas estructuras─ prosiguió el rabino.

─ Mi punto de vista con respecto al espacio en el Arca de Noé, conste que es únicamente mío, es que el arca física fue construida por el patriarca y su familia, con las dimensiones indicadas en el libro sagrado, para alojarlos a ellos y sus alimentos.   Con respecto a los animales, algunos viviendo en lugares muy lejanos, lo que ocurrió fue que, a través de ese entramado cuántico, se formaron burbujas que los envolvieron y protegieron hasta que pasó el diluvio y la tierra se secó.

Un silencio de incredulidad se extendió por el salón.   El profesor, intentando contener un gesto sarcástico, ripostó.

─ Estimado rabino, ¿pretende usted que nosotros aceptemos semejante explicación, propia más bien de un cuento de ciencia ficción?

─ Pues entonces dígame usted ─respondió el rabino con un tono paternal─ hace menos de cien años nadie pensaría que una conferencia como esta se podría transmitir a través de todo el planeta.  Y que además podríamos interactuar de forma casi simultánea con personas absolutamente desconocidas.  Que habría cientos de satélites girando alrededor de la Tierra, o naves guiadas por robots viajando a velocidades extremas hacia las más lejanas galaxias.   Ni se conocía de la existencia de los átomos y sus partículas.   Y a los sabios griegos que llamaron noúmeno a todo lo desconocido, los ignoraron porque eran meras elucubraciones filosóficas, según la ciencia.

El profesor, un tanto amoscado, intentó dar un golpe decisivo con la siguiente pregunta:

─ Y entonces, ¿por qué esa providencial burbuja no envolvió de igual manera a la familia de Noé, evitándoles así todo el trabajo de construcción de un arca?

Parecía que esta vez el rabino no tendría una respuesta razonable ante la contundencia de la argumentación del profesor.

El humilde hombre guardó silencio por unos momentos, para luego decir con palabras sencillas:

─ Por varias razones.  Una, los animales no tenían las herramientas ni las destrezas necesarias para construir su propia arca, mientras los humanos sí.  La segunda, Noé y su familia debían aprender que las cosas se consiguen con esfuerzo.  Y tercero, debían ser testigos del traumático diluvio, para que lo transmitieran a las nuevas generaciones que vendrían luego del cataclismo, de manera que la humanidad aprendiera que toda acción tiene una reacción, y que el ser humano es responsable por el bienestar de la naturaleza.

A la audiencia, la mesa principal y el mismo profesor Noam, no les quedó más remedio que ponerse de pie, y por largos minutos aplaudieron con profundo respeto a aquel santo hombre que había venido de lejos para dar una lección de sabiduría y humildad.


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