El síndrome de Ishmael

Aunque en una visión D-s le había prometido a Avram que tendría una descendencia incontable como las estrellas del cielo, él pensaba que sería muy difícil porque su esposa Sarai era ya anciana y había concluido su periodo de fertilidad.

Sarai pensaba lo mismo, pero sabiendo que era muy importante que su esposo tuviera a quien heredar sus posesiones, le entregó a su esclava Hagar, para que tuviera un hijo con ella.

Cuando Hagar vio que dentro de ella brotaba la vida, empezó a mirar a su ama con desprecio.  La reacción de Sarai no se hizo esperar, y tal fue el maltrato al que sometió a la esclava, que ésta huyó al desierto donde vagó sin rumbo, hasta que un extraño ser, muy pálido, se le apareció, le ordenó regresar al lado de su ama y obedecerle sin reclamos.  También le dijo que, de su hijo aún no nacido, brotaría un pueblo de guerreros.   A los pocos meses nací yo, y fui nombrado Ishmael.

Al principio, mi vida era relativamente buena.  Aunque echaba de menos a mi mamá, ser el hijo primogénito y único del patriarca me daba un nivel importante en la familia.  Mi nueva madre, Sarai, aunque con cierto recelo y una sombría tristeza por su vientre estéril, me mimaba y cuidaba de los peligros que a diario acechan a los niños huérfanos.  Cuando me daba fiebre corría a frotarme con grasa de cordero.  Si era mal de estómago por comer demasiados dátiles, me daba una bebida de orégano con miel de abeja.  Y así transcurrían mis días entre las rocas y los oasis donde prosperaba mi familia.

─ Lalito, así me llamaba Sarai con cariño, vaya donde Avram y le pide una pinta de leche para hacer el queso que tanto le gusta.  Y corriendo feliz iba hasta él, mientras los demás pastores me saludaban con cariño y respeto.  

Y no es que mi madre hubiese muerto, pero era como si tal, por la indiferencia con que la trataban y el lugar lejano que le había sido asignado para plantar su tienda.  Le apodaron “Cuchita”, por el color moreno de su piel.  Los hombres la miraban con mal disimulada lascivia, mientras las mujeres no podían ocultar su envidia ante la hermosura de mi madre.

Mi papá era algo lejano; a pesar de que yo sabía que me quería, no me lo demostraba con gestos, aunque a veces me llevaba a pastorear sus cientos de ovejas.   Un día me contó que había tenido otra visión en la cual se le repetía la promesa de que tendría gran descendencia con su esposa Sarai.  Se le ordenó cambiar su nombre a Abraham y el de Sarai a Sará.   Luego D-s le mandó a hacer un pequeño corte en su miembro viril, y en el de todos los hombres de la aldea, incluido yo, que ya contaba con trece años de edad, como señal de un pacto entre Él y nosotros, que llamó brit.

Hasta que un día, mientras jugaba entre las rocas con los hijos del cazador de liebres, vi a lo lejos tres extrañas figuras que, a paso seguro, se dirigían hacia la aldea.  Corrí entre atajos a tiempo de ocultarme entre los grandes odres de agua, y escuchar las nuevas que traían los extranjeros.

Mi papá reposaba a la sombra de un arbusto, sentado sobre almohadones porque todavía sentía mucho dolor entre las piernas, a causa del corte ya mencionado.  Aunque a mí también me hicieron el cortecito ese, seguramente por mi juventud no me molestó más allá de un par de días.  Además, Hagar me curaba con un aceite especial, y rápidamente se cerró la herida.

Mas en cuanto papá avistó a los visitantes, disimulando el dolor, se levantó y luego de saludarlos con gran efusión, los pasó al interior de su tienda y mandó a traer agua y alimentos para los recién llegados.  Para esos menesteres sí era requerida Hagar.  Tenía fama de buena cocinera, y en un dos por tres les había preparado los manjares más exquisitos de la cocina africana, aderezados con miel y leche.

Ya satisfechos, los visitantes atendieron las preguntas de mi papá.  Le contaron que venían de tierras muy lejanas, donde el caballo ama a los perros y el tigre ama a las vacas.  Donde los ríos fluían leche y miel, y, en medio del jardín, había un hermoso árbol con provocativas frutas.

El que parecía ser el jefe, que se identificó como YO, se dio cuenta de la tristeza que permanentemente oscurecía el bello rostro de Sará.  Como si lo supiera desde siempre, le pronosticó que, en menos de un año, de su vientre nacería un hermoso varón, a quien llamaría Itzjak.  Y ella, sabiendo que, por su edad, era humanamente imposible, rió a carcajadas, consiguiendo que su esposo le hiciera una señal de desaprobación.

Luego contaron que se dirigían a unas ciudades algo lejanas, con el encargo de destruirlas debido a la maldad que se había apoderado de sus habitantes.  Mi papá pegó un tremendo salto, que le hizo recordar la herida reciente, ya que su sobrino Lot vivía en una de esas ciudades.  Y, ante la inminente muerte de su pariente, se atrevió a enfrentar a sus nuevos amigos.  Al final negociaron la salvación del primo y su familia, se despidieron con gran cariño, y continuaron su camino rumbo al este.

Cuando todos se habían ido, salí de mi escondite con multitud de pensamientos negativos.  De ser cierto lo del nuevo hijo de Abraham, mi posición como heredero podría peligrar.  Y luego también la posible muerte del primo Lot, a quien yo quería mucho.

Esa noche no pude conciliar el sueño mientras allá a lo lejos, detrás de la línea del horizonte, se veían brillar dos inmensas hogueras que, ominosamente, alumbraban el negro cielo oriental.

A medida que, para gran sorpresa y alegría, el vientre de Sara iba creciendo, mi situación de privilegio se deterioraba rápidamente.  Las esclavas corrían preparando el lugar del parto y luego la tienda de reposo.  Abraham había sanado de su herida y trataba de recuperar el tiempo perdido en el pastoreo de su rebaño.

Me refugié en la sombra de mi madre Hagar y, como nadie echaba de menos mi ausencia, fueron esos tiempos de los mejores en mi vida de adolescente.  Juntos nos íbamos a caminar por los senderos entre las rocas y wadis que serpenteaban hacia el desierto.  En las noches estrelladas ella me señalaba la estrella del sur, aquella que le indicaba dónde se asentaba su hermoso Mitzraim, el reino de donde había sido arrancada para entregarla a aquellos forasteros de piel clara y cuerpo velludo.   Guardaba la esperanza de que un día, no muy lejano, regresaría a su pueblo y me llevaría con ella.

Un día pasó un caminante por nuestra tienda y nos contó las últimas novedades que habían ocurrido allá al norte, cerca del mar.   

Dos ciudades habían sido destruidas y todos sus habitantes, con excepción de la familia del primo Lot, sucumbieron al fuego llovido del cielo esa noche aciaga.   En la huida la esposa de Lot, siempre curiosa y añorando el pasado, volvió la vista hacia el incendio y al instante quedó convertida en una estatua de sal.

Además, corría el chisme de que Lot, embriagado, había tenido relaciones con sus dos hijas, lo cual muy pocos creían cierto, visto el hecho de que él era ya un anciano y además el licor no es compatible con el amor.

Pero lo más impactante de todo fue la noticia de que Sará había dado a luz a un bello hijo y que todo estaba listo para celebrar el brit en el día octavo, que tendría efecto dentro de pocos días.

Cuando llegamos a la aldea intenté acercarme a mi hermanito recién nacido, pero Sará me lo impidió de inmediato.  Quisimos integrarnos a la vida diaria, pero conforme pasaban los días, la envidia de Sará y el solapado rencor de Hagar fueron creciendo.  No más encontrarse en cualquier parte y ya las encendidas miradas presagiaban la desgracia que estaba a punto de suceder.

Había transcurrido una luna cuando Sará le puso un ultimátum a su esposo.  Hagar y yo debíamos alejarnos del campamento, ya no era necesaria mi presencia puesto que el legítimo heredero debía ser Itzjak.   Con gran pesar, mi padre cumplió la exigencia y con sincero dolor nos lanzó a los peligros del desierto.

      Caminamos por días al sur, siempre al sur.  Lo hacíamos de noche, como todos los habitantes del desierto, para evitar el terrible calor del día.  Pronto llegamos a un oasis y pudimos aplacar la sed y comer dátiles.   Al quinto día nos topamos con una caravana de comerciantes que viajaban hacia el país de Hagar y se ofrecieron a llevarnos, por lo cual pudimos viajar más rápido y con seguridad.  En Mitzraim aún gobernaba la familia de Hagar, por lo que fuimos recibidos con grandes expresiones de alegría y respeto.   Pude disfrutar lo que significaba ser miembro de la nobleza, y junto a mi madre pensé que podría vivir para siempre en ese hermoso reino regado bondadosamente por un caudaloso río.

      Por las noticias que periódicamente traían los mercaderes, supe del extraño episodio, cuando mi padre intentó sacrificar a Itzjak.   Por suerte apareció un pastor que se lo impidió y en cambio le dio un cabrito, para que cumpliera con la ofrenda a su dios.

  Pero como la felicidad no es eterna, llegó el día en que un mensajero nos trajo la noticia de que mi padre estaba agonizando, y que deseaba verme por última vez.  Lo comenté con mi madre.  Guardaba demasiados resentimientos hacia mi padre y el resto de la tribu, por el rechazo que habíamos recibido.  Pero Hagar me convenció de que era mi deber perdonarlos y visitarlos, para hacer las paces con quienes también eran mi familia.

   Así que tomé varios camellos, cargué en ellos valiosos presentes que harían la envidia de los lejanos familiares, y con un séquito de servidores, tomé rumbo al norte.

   Después de un viaje sin contratiempos llegué frente a la tienda de mi padre, donde ya los más destacados miembros del pueblo velaban al anciano en sus últimos momentos.   Los ojos del viejo se encendieron de ternura ante la vista de su despreciado hijo.  Tomó mis manos y las juntó con las de Itzjak, nos bendijo y expiró.

   Mientras, junto con mi hermano, colocaba las últimas piedras de la sepultura de mi padre Abraham, una leve niebla empezó a empañar mi mente y sentí que poco a poco viajaba hacia un lejano futuro.

   Desperté de aquel extraño sueño y repasé las tareas que tenía pendientes.  Ese día no tenía pensado ir a visitar a mi padre, moribundo hacía ya varios meses.  Pero tuve un presentimiento y, junto con mi esposa y mi hija, hicimos el viaje de cincuenta kilómetros que nos separaban de la casa, donde yo había vivido la pesadilla de soportar a un padre que estaba lleno de rencor y complejos, y que nunca me había podido dar el amor que un hijo merece y anhela.

   Había vivido la amarga experiencia de todos los huérfanos, que son bien recibidos por sus nuevas madres mientras no tenga los hijos propios, pero que una vez llegados éstos, debe prodigarles una dedicación casi absoluta.  Y de un padre emocionalmente ausente.

    Y cuando mi padre emitió aquel ronco y postrer estertor, el único hijo presente fui yo.   Y no experimenté pena, ni dolor, ningún sentimiento.   Tal vez el alivio de que ya terminaba esa situación tan desgastante.   Luego llegaron mis otros hermanos y entre todos lo bañamos, le pusimos ropa limpia y, después de los trámites legales y religiosos, lo acompañamos a su última morada en aquel humilde camposanto, rodeado por las montañas de su terruño.


Descubre más desde Academia de Estudios Judíos

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.