¡Y ella rió!

La primera vez que la vio bañándose en el oculto rincón del oasis, Sará tuvo un extraño presentimiento.  Si bien ella era una mujer madura, aún mantenía la fragancia de su juvenil belleza.  No había experimentado la maternidad, por lo que su cuerpo no cargaba con las huellas que deja el paso del embarazo.  Su rostro era lozano, hermoso, recordando la belleza de las mujeres de la lejana Mesopotamia.

Pero la adolescente que chapoteaba desnuda en las cristalinas aguas, mostraba la belleza felina de las hijas de Mitzraim.  Un hermoso cuerpo de ébano, un rostro que brillaba a través de los blanquísimos dientes, y una pícara sonrisa, eran la envidia de las jóvenes y el deleite de los hombres de la pequeña tribu.

Hagar lo sabía, y se complacía moviendo sus caderas y el espigado cuerpo mientras cargaba el cántaro en su cabeza, camino al manantial, sintiendo las miradas que la devoraban o quemaban sin ninguna discreción.

Por esas razones, Sará sentía que lo que estaba haciendo le traería complicaciones.  Debido a que no podía concebir, había decidido entregar esta hermosa esclava a su esposo, Abraham, para que tuviera un heredero acorde con su rango social.  Le decían la cuchita, por el color oscuro de su piel, y le había sido entregada por el rey de Mitzraim, como su servidora particular.   Abraham había aceptado, con mal disimulado agrado, el regalo que le ofrecía su esposa.  

Así que ese baño de Hagar, en el oasis, era parte del ritual que culminaría esa noche con la ofrenda de su virginidad.

Apenas había oscurecido en el desierto cuando Sará se retiró a una tienda lejana a la que ocupaba con su marido.  Sin embargo, no pudo dormir, pensando en lo que estaba ocurriendo en el lecho que desde hacía muchos años compartía con su compañero.  Y sobre todo la asaltaban las dudas acerca de lo que estaba haciendo.  Pero ya la suerte estaba echada y tuvo que resignarse y esperar lo mejor.

Abraham era un hombre maduro, ya peinaba canas en su larga cabellera y hermosa barba.  Pero la energía no lo había abandonado y esa noche se había vestido con sus mejores galas.  Entró a la tienda y, reclinada sobre unos almohadones, yacía aquella hermosa joven, vestida con un velo transparente y alumbrada por una pequeña lámpara.   No se cruzaron palabra.  Con un intenso deseo que había sido reprimido desde la salida del lejano país del faraón, se entregaron apasionadamente hasta que las primeras luces del sol salieron por las montañas de Moab.

Repitieron su amorío todas las noches hasta que Hagar perdió su periodo menstrual y se retiró a una tienda especial donde sería atendida como la portadora del heredero del patriarca.

Cuando Hagar vio su vientre crecer con la simiente de Abraham, se sintió orgullosa y empezó a humillar a su ama, por lo que Sará le pidió a su esposo que la echara de los linderos de la tribu.  Avram le respondió que Hagar era su esclava y ella podía decidir por sí misma, por lo que Hagar debió alejarse por el desierto. Pero una vez lejos ella sintió que una voz le ordenaba regresar y ponerse en buenas relaciones con su ama, a lo que accedió.  Meses después nació un niño al cual Abraham llamó Ishmael y se desarrolló hasta llegar a ser un hermoso joven que a los trece años fue circuncidado, de acuerdo con la costumbre iniciada por el mismo patriarca.

La vida de Sará y Abraham volvió a la cotidianidad hasta que un día aparecieron por el camino del Sinaí tres misteriosos viajeros que iban rumbo a las ciudades de Sodoma y Gomorra para cumplir una terrible misión, la que consistía en destruirlas hasta sus cimientos, como castigo por la maldad de sus habitantes.  Los hombres habían caminado por días, y sus ropas y rostros mostraban el cansancio.  Abraham y Sará los recibieron con honores y los agasajaron con abundancia, como era costumbre en esas tierras.

Uno de los huéspedes, el que parecía ser el jefe del trío, al darse cuenta de la tristeza de la mujer por no haber podido tener hijos, le dijo, con absoluta seguridad, que en un año volvería a conocer el hijo que ella tanto ansiaba.   

Incrédula, Sará rió.


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