Desde siempre había sido parte de aquella masa de nada que era Nadie. Navegaba sin moverme en un espacio-tiempo inexistente. De pronto, en una curvatura, se abrió un agujero tan intensamente oscuro que ni siquiera la luz de Nadie podía disminuir. Fui absorbido en la vorágine y poco a poco empecé a percibir los ecos de murmullos, quejidos, sonidos que nunca antes había escuchado en el profundo silencio de la nada.
Repentinamente, en un estertor de amor, penetré en una capa de pequeños corpúsculos que se iban dividiendo y cohesionando constantemente, como si siguieran un plan previamente definido. Yo estaba ahí, pero no formaba parte de la estructura, que poco a poco tomaba la forma de una mora.
Al principio yo estaba solo, o eso creía. Me divertía paseando y viendo cómo los grupos de moritas iban tomando diferentes tonos. Algunas pálidas, otras más oscuras, previendo la función que les tocaría desempeñar en el cuerpo que se estaba formando.
Y en uno de esos paseos pude advertir que allá, en el extremo más lejano, otro puñado de moras crecía mientras una leve luz saltaba entre ellas. Esa otra chispa también advirtió mi presencia y se acercó a mi lado. Estábamos pegados a una membrana suave que nos brindaba un mullido y tibio lecho, y un tubito carnoso nos alimentaba. Mi chispa gemela intentaba, a través de sus células, arrinconarme e impedirme crecer. Era más fuerte, sus partículas eran rojizas y estaban cubiertas por una diminuta pelusa.
Y así fuimos testigos del desarrollo de dos entes que más tarde se convertirían en humanos, pero que por el momento parecían renacuajos, con aquellos ojos saltones y una especie de cola que movían incesantemente.
Las dos chispas nos manteníamos al margen, observando la constante pugna de los gemelos por ocupar el mejor sitio y la ubicación más cómoda, lucha que siempre ganaba el peludo. Sabíamos cuál era la misión de cada uno una vez que salieran del cómodo encierro en que estaban, pero no podíamos intervenir a favor de ninguno de ellos.
Del exterior les llegaban sonidos extraños, ecos apagados de voces. Una era dulce, serena, llena de amor. La otra grave y firme. Y desde dentro del cuerpo que los sostenía emergían murmullos, suaves golpeteos que los arrullaban y les daban calma y seguridad.
Los pequeños hombrecitos iban creciendo, atados a las membranas que les daban alimento, mientras el lugar se hacía más y más estrecho. El más pequeño, moreno y nervioso, deseaba salir pronto para dejar de sufrir los embates de su hermano, y por eso permanecía siempre más cerca de lo que parecía sería la salida, ya inminente. El otro, preocupado por tener el lugar más amplio, se instaló sobre el pequeño, presionando hacia arriba las entrañas de la madre. Parecía que de esa manera estaba predestinado el nacimiento de los gemelos, primero el más pequeño y débil, más dispuesto al pastoreo y la reflexión, guía de una nación maravillosa. Y de segundo el fuerte, el cazador listo para vencer a las bestias del desierto.
Los cuerpos de los niños habían terminado de formarse. Eran hermosos, con todos sus miembros y órganos en perfecto desarrollo. Ya no cabían en el vientre que los había cobijado tan tiernamente por nueve meses. Los empujones y patadas no habían logrado mover al lampiño, que estaba siempre abajo, con la seguridad de que debía salir antes que su hermano. Los músculos que rodeaban su cámara empezaron una danza de contracciones que los impulsaban hacia el exterior, mientras la madre rugía de dolor.
Y cuando finalmente aquel canal de salida se abrió cual represa desbordada, el hermano peludo se lanzó con todo su peso, empujó al otro a un lado y, primero su cabeza y luego el resto del cuerpo, empezó a cruzar hacia la vida. Cuando casi lo había logrado, sintió que algo le sostenía y jalaba de regreso. Su hermano finalmente reclamaba su derecho a salir primero, y venciendo el temor que siempre le tuvo, le sostenía de un pie. Pero con una fuerte patada logró zafarse de aquella trampa y finalmente salió a la luz. Su padre inmediatamente notó su cuerpo lleno de pelo, y guardó el detalle en la memoria.
Cuando finalmente nació el pequeño solo la madre supo la verdad. Y ella calló, esperando el momento en que se haría justicia.

