De nuestros patriarcas, Yaakov es quien mejor refleja todas las facetas del ser humano. En Yaakov convergen la expansividad de Abraham y la contracción de Yitzjak.
Yaakov, como su abuelo, necesita la experiencia de otros horizontes. Busca fuera de sí y de su lugar de origen, las respuestas para el torrente de circunstancias y emociones que la vida le depara. Pero también como su padre, mantiene una vida interior reservada y poco conocida para los demás. En él se conjugan la astucia y la humildad; la valentía y el temor; la certeza y la incertidumbre.
Nos decía la Torá en la parashá de la semana pasada, que Yaakov era un hombre de tiendas, o sea, que no era un cazador y amante de la socialización como su hermano Esav. Sin embargo, se aleja de su familia, de su lugar de origen, en busca de crear su propia identidad y su propio futuro, y en Harán, lo encontramos trabajando constantemente durante 20 años, para forjar su familia, para encontrar su misión en la vida. Fuera del hogar paterno, manifiesta las características que junto a sus padres no podía o no necesitaba expresar.
El midrash nos cuenta que Yaakov prefería estudiar con su padre que disfrutar de las fiestas con los amigos. También nos refiere que antes de viajar a la tierra de sus parientes, más allá del río Eufrates, pasó 14 años estudiando y preparándose para el reto de mantener su identidad aún cuando estuviera bombardeado de una cultura con creencias diferentes a las suyas.
Hombre de certezas y convicciones, no se considera poseedor de ninguna virtud en particular y aún cuando escucha la voz divina, siempre se cuestiona si no será su ego el que le está jugando una mala pasada.
Yaakov nos enseña que hay un tiempo para todo en la vida y que debemos adaptarnos a las circunstancias, a los momentos que nos corresponde vivir, y actuar de acuerdo con ellos. Su propio nombre nos indica debilidad de carácter, tendencia al engaño, astucia. Pero su constante trabajo personal lo lleva a transformar cada una de esas faltas en bendiciones.
Yaakov es capaz de canalizar su energía interior y colocarla al servicio de su propia elevación espiritual. Su vida no fue fácil. Su mayor enemigo: él mismo. Su virtudes: vivir el momento, enfrentarse a cada reto con entereza y valentía, así como su capacidad de adaptación, de integración de las circunstancias, y de transformación interior. Yaakov no se queja; pasa cada una de las pruebas de la vida con la misma actitud de aceptación que aprendió de su padre Yitzjak.
A diferencia de su hermano Esav, quien constantemente estaba en luchas y cacerías, Yaakov lucha consigo mismo, hasta que su naturaleza se transforma en un crisol y entonces deja de ser Yaakov para convertirse en Israel. Israel, que cuando lo dividimos en dos palabras “yashar – El“, significa anhelar alcanzar la divinidad, es el legado de un pueblo que surge a partir de Yaakov, pero que se eleva sobre todas las dificultades, sobre todos los retos, porque lo mueve un anhelo indestructible de ser uno con la Fuente Universal.
Yaakov es el secreto de Israel. Israel es el alma de Yaakov que se manifiesta en cada uno de nosotros, los que orgullosamente respondemos como una sola entidad que desciende de este patriarca tan especial.
B’nei Israel, los hijos de Israel, así nos llamamos los que como Yaakov, mantenemos una tradición de esfuerzo y trabajo constante para perfeccionarnos y para ser merecedores de esta maravillosa herencia.
Que como él, nuestra luz continúe proyectándose a través de las generaciones, para iluminar todo a nuestro alrededor. Que tengamos la fuerza de enfrentar todos nuestros retos con humildad, paciencia y entereza y que siempre podamos decir con orgullo: ¡Am Israel jai! ¡El pueblo de Israel vive!

