Los miedos de Yaakov

Hacía muchos años que no veía a su hermano gemelo, tantos que de él solo recordaba la ligereza de su carácter, presto en cualquier momento a la respuesta agresiva.  Por eso, cuando no le quedaba más opción que enfrentarle, tuvo mucho miedo.  Buscando respuestas a esta situación, se alejó del campamento cuando ya el sol se ponía y, mientras meditaba, recostó la cabeza en un suave montículo.  La incertidumbre le impedía conciliar el sueño, pero en medio de la oscuridad y la soledad del desierto, una sensación extraña empezó a invadirle.  Primero sintió que una forma difusa, cual tenue aliento, se separaba de su cuerpo y poco a poco iba tomando rasgos humanos.  Yaakov abrió espantado sus ojos mientras el fantasma flotaba frente a él.

─ ¿Quién eres?, preguntó con voz trémula.

─ No importa quién soy, sino lo que soy.  Dijo la presencia.  ¿Por qué tienes miedo de lo que te traerá el mañana?  ¿No estás seguro del apoyo de Dios para guiar a tu pueblo en la delicada misión que te ha sido encomendada?

Enmudecido, Yaakov no podía comprender. Era su voz saliendo de lo más profundo de su ser.  Pero al mismo tiempo no sentía que fuese él mismo.  ¿Por qué tenía que preguntarse lo que ya sabía?

Desde el vientre materno su hermano gemelo le había demostrado que era más fuerte que él.  Por esa razón pudo Esav nacer primero, rechazando con facilidad la mano que le tiraba de su tobillo.

Aunque se manifestaban el cariño de hermanos, durante la infancia y adolescencia mantuvieron una constante lucha para mostrar ante su padre quién era el merecedor de la primogenitura, a pesar de que se sabía que Esav había llegado de primero al mundo.   Por eso el engaño, instigado y apoyado por su madre Rivká, para que la bendición paterna en el lecho de muerte recayera sobre Yaakov, había sido el detonante de la furia del hermano.

Y por tal razón tuvo que huir lejos de la familia, y pasar muchos años trabajando para el padre de sus esposas, en una relación de semi-esclavitud.

Precisamente lo que hizo al final de esa jornada, ocultando el hecho de que su esposa Rajel había sustraído unas joyas de su suegro, era lo que le hacía temer el enojo y rechazo de su Dios.

Lo sacó de sus cavilaciones la voz intimidante que le exigía respuesta: ─ ¿Por qué callas, acaso te has quedado mudo ante tan espantosa realidad?

Sacando coraje desde lo más profundo de su ser, contestó Yaacov en su extraño monólogo: ─ ¿Con qué derecho vienes, sombra mía, a reclamar lo que ya ha pasado, lo que no puedo corregir? ¿Acaso no es suficiente con la enorme carga que ha caído sobre mis hombros?

¿Y por qué nosotros debemos ser los portadores y transmisores de este conocimiento que nos traerá exilio, persecución y sufrimiento?

─ Le huyes a tu responsabilidad, eres un cobarde, no quieres aceptar que tu conducta ha causado dolor, resentimiento y angustia.  Replicó su conciencia, ahora ya evidenciando quién era.

Yaakov sintió que la cabeza le reventaba.  Primero le invadió un enojo que fue creciendo hasta convertirse en ira, un deseo de acabar con aquella presencia que escarbaba en lo más íntimo de su alma y lo hacía sentirse miserable.  Tenía la tendencia a creer que todos lo atacaban y que él siempre tenía la razón; no soportaba la frustración ni las opiniones que no calzaran con su visión de la realidad.

Las venas de sus sienes palpitaban cual caballo desbocado y percibió que todo a su alrededor giraba velozmente, formando un torbellino de colores y luces que se acercaban y alejaban con cada latido de su corazón.  Repentinamente, en medio de esa bruma, empezaron a aparecer las imágenes de las personas que habían significado algo en su vida.

─ ¡Me engañaste en mi lecho de muerte!, exclamó un Yitzjak cargado de arrugas, con su piel de pergamino adherida a los huesos de la cara.

─ Pero mi hermano Esav me cambió su primogenitura por un plato de lentejas, trató de justificarse Iakov.

─ Te burlaste de mí en los últimos momentos de mi vida, replicó el fantasma mientras se desvanecía en el tornado. 

─ ¡Perdóname hijo amado!, exclamó una Rivká salida de las tinieblas.  ─ Te ayudé a engañar a tu padre porque estaba segura de que serías el indicado para guiar a nuestro pueblo.

Con un rostro desencajado por la ira, su suegro Labán apareció de repente, y acercándose a su cara le reclamó: ─ ¡Tú y solo tú eres el culpable de tus desgracias! 

─ Siempre has mentido, engañado, traicionado, a quienes te hemos dado la confianza y el amor.

El carrusel de imágenes y luces empezó a girar cada vez más rápido, provocando un horroroso sonido, mezcla de voces y alaridos espeluznantes, que le hicieron perder el sentido.  Intentaba salir de tan horrible pesadilla, pero su cuerpo estaba paralizado.  Gritaba, se retorcía, pero más bien sentía que se estaba hundiendo en un profundo y oscuro pozo del que no podía salir.

En un agónico estertor logró regresar, mientras su corazón palpitante parecía salirse del pecho.

Aterrorizado al darse cuenta que estaba discutiendo con su yo más profundo, Yaakov dio un tremendo salto, y salió rodando por entre las peñas de un hondo barranco.   Cuando por fin paró la caída, sintió un increíble dolor en una cadera y apenas pudo levantarse, apoyado en una vara de acacia.  El dolor, la angustia y el pánico se confabularon para sumir a Yaacov en la más pavorosa desesperación.  Renqueando, corrió por el fondo de la cañada, sintiendo que la sombra de su conciencia le perseguía entre las tinieblas.

Y envió Yaacov ángeles delante de él a Esav, su hermano, a la tierra de Seir, al campo de Edom.
– Gén. 32:4

─ Hoy has conocido tu yo más íntimo, luchaste con tus fantasmas, te has enfrentado a Dios, por eso en adelante te llamarás Israel, y así serás conocido por todos los pueblos para siempre, le dijo su conciencia mientras se alejaba lentamente hacia la profundidad de su alma.

Y entonces comprendió que ya no era el mismo.  Aceptó que en su vida había cometido muchos errores, y ahora tenía la oportunidad de cambiar y hacer las cosas de forma correcta.

Cuando llegó a la pequeña aldea, su familia supo que ya no era el mismo del día anterior.  Su rostro reflejaba una profunda sabiduría y la certeza de que Dios lo estaría apoyando en todo momento.   Envió a su hermano un gran número de ovejas en señal de reconciliación, dio la orden de levantar el campamento y avanzaron hacia su destino.


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