En la parashá de esta semana, continuamos con la narrativa de la vida de Yaakov. Y hay dos historias muy conocidas que, a pesar de ello, me han hecho detenerme nuevamente a pensar.
En la primera, Yaakov se queda durante la noche al otro lado del río Yabok y ahí se le aparece un hombre, con el que termina peleando.
De acuerdo con el midrash, mientras Yaakov se disponía a pasar sus rebaños al otro lado, un pastor se le acercó y le ofreció ayuda, a cambio de también recibir ayuda cruzando sus propios rebaños. Yaakov aceptó. Rápidamente, los rebaños de Yaakov estuvieron al otro lado del río, y comenzó la tarea de trasladar los animales del desconocido. Pero por mucho que ambos trabajaban, los rebaños, en vez de disminuir, aumentaban.
Al anochecer, Yaakov comprendió que este pastor no era lo que aparentaba y lo confrontó. Inmediatamente se enfrascaron en una lucha cuerpo a cuerpo, la cual se prolongó durante toda la noche. Al amanecer, el individuo, que ya estamos claros, no era un ser humano, quería liberarse de Yaakov pues debía regresar a su morada celestial, pero nuestro héroe no cedió, por lo cual, recibió un golpe adicional que le causó un daño irreversible en el nervio ciático.
Aún así, Yaakov no lo soltó, y le indicó que no lo haría hasta que no le dijera su nombre y lo bendijera. En el final de la historia, Yaakov recibió el nombre de Israel, y el ángel retornó a las huestes celestiales.
La segunda historia sucedió al día siguiente, cuando Esaú y Yaakov se encontraron, se abrazaron y lloraron. Aunque hay muchas interpretaciones de este encuentro, porque la forma de la narración no es lo suficientemente clara, y no sabemos con absoluta certeza los verdaderos sentimientos de Esaú; en apariencia, los hermanos están felices de verse y hacen las paces, aunque Yaakov no desea mantenerse cerca de su hermano y nuevamente le miente para no acompañarlo.
Pensando acerca de ambos momentos y tratando de encontrar sentido al fluir de la narrativa, de repente entendí la trama de una forma diferente.
- Esaú y Yaakov son gemelos. Son dos caras de la misma moneda. Son dos facetas de la misma esencia. Esaú siempre es la parte violenta, la parte que se aprovecha de los demás, la parte que abusa y obtiene lo que desea. Yaakov es la parte espiritual, la que anhela crecer, superar las limitaciones, ser mejor cada día. Esaú y Yaakov viven en nosotros, y vale la pena estar conscientes de cuándo surge cada uno de ellos en la forma en que respondemos a las situaciones que se nos presentan en la vida.
- En el primer encuentro, Yaakov se mira a sí mismo y tiene miedo. Lucha con su yo interior porque se siente culpable, porque no ha superado el hecho de que en la vida, todo sucede por una razón y para que obtengamos un aprendizaje. Regresar a la tierra de los antepasados tiene muchos riesgos, ya que significa que tendemos a repetir los mismos patrones viejos cuando enfrentamos situaciones similares. Durante la noche, Yaakov se autocastiga, se confronta, hasta el punto de crear una marca física que le recuerde eternamente que ya no es el mismo, que puede y quiere ser diferente. Por eso solicita una bendición, necesita una certeza de perdón, de aceptación de parte de la Fuente de la Vida que, aunque parece que está fuera, vive dentro de él mismo.
Se nos dice que el ángel debe regresar a sus obligaciones, sin embargo, es Yaakov quien debe avanzar hacia el nuevo día y dar cara a su responsabilidad como líder de su familia. Enfrentarse a las sombras interiores es agotador. Aceptar que la imagen que tenemos de nosotros mismos está distorsionada requiere una lucha contra todos los condicionamientos personales, familiares y sociales. ¡Y Yaakov lo logró, salió victorioso, y se convirtió en Israel!
Ahora somos nosotros quienes debemos preguntarnos: ¿Estamos preparados para la lucha con nuestro yo interior? ¿Tenemos la valentía de reconocer nuestras virtudes y asumir nuestras verdaderas responsabilidades? A veces somos Yaakov, a veces somos Israel; ¿podemos reconocer ambas facetas en nuestras vidas? - En el segundo encuentro, ahora la prueba de fuego ya no es interna sino externa. ¿Puede Yaakov/Israel ver frente a frente a su hermano y encontrar algo positivo en él para perdonarlo? Esta es la prueba final de haberse transformado, de haber entendido la lección. Y la respuesta es clara cuando le dice a Esaú:
“¡No! ¡Te lo ruego! Si ahora he hallado gracia a tus ojos, acepta pues mi tributo de mis manos, por cuanto he visto tu rostro, que es como ver el rostro de un ser Divino, y tú te apaciguaste conmigo.” Gen 10.
Perdonarse a sí mismo, aceptar sus virtudes y su valor, así como sus debilidades, fue solo el primer paso en el proceso de Yaakov de comprender el camino espiritual. Para poder realmente avanzar, para ser Israel, era indispensable que fuera capaz de ver a la divinidad en el rostro de su hermano.
Por eso Yaakov es el patriarca que nos representa, el que nos enseña que sí es posible ascender a las alturas espirituales, aun viviendo en el mundo material.
Que como Yaakov, seamos capaces de luchar a diario para encontrar el equilibrio perfecto y ver el rostro divino en cada ser humano que cruza nuestro camino, y que a través de su mirada, también veamos reflejada la divinidad que vive dentro de nosotros.

