Rompiendo las cadenas

Vivió YaaKov en la tierra de Egipto diecisiete años; y fueron los días de Yaakov – los años de su vida – ciento cuarenta y siete años.
– Bereshit 47:26

         A pesar de ser el primogénito, Mordejai sabía que no era el favorito de su padre.  Tuvo la mala suerte de quedar huérfano de madre a muy temprana edad y aunque su madrastra le brindó su afecto, no pudo sustituir el amor de una madre que nunca dejó de estar presente en lo más profundo de sus sentimientos.  

         De manera que cuando nació su medio hermano su primogenitura desapareció, así como la compañía de la madrastra, quien puso toda su atención en su primer retoño.  A medida que pasaban los años se hacía más grande el abismo emocional entre él y su nueva familia.  Ya no era el pequeño niño que alegraba la casa con sus ocurrencias, si no el desgarbado e intempestivo adolescente, proclive a cometer los más variopintos desaguisados, tanto en la casa como en el vecindario, cuando salía a merodear con su pandilla de amigos.  Así que su juventud transcurrió entre el estudio y sus amigos, algo alejado de los hermanos que poco a poco fueron llegando.

         Ese distanciamiento era también una muestra de situaciones que se venían dando en su familia desde hacía muchas generaciones.

         Las pugnas entre hermanos eran harto conocidas.  Su propio padre resentía no haber sido reconocido por el abuelo Rafael.  En la familia de la madrastra también hubo choques muy fuertes con la tía Carmen.  Así que no era de extrañar que en su familia se llegara a crear un clima bastante hostil entre los hermanos nacidos del segundo matrimonio de su padre.

         Muy joven, por un par de años Mordejai debió ir a trabajar a un lugar lejos de su ciudad natal.  Cuando regresó encontró un nuevo hermanito, Efraín, un adorable bebé que fue la alegría de toda la familia.   Desde el primer momento los dos hermanos se sintieron ligados por un gran afecto que fue creciendo a medida que compartían desde juegos hasta paseos al parque cercano.

         Por eso, cuando Mordejai volvió a partir en busca de su destino, Efraín sintió que una parte de su alma lo había abandonado, no le contó a nadie, pero en su interior lloró la ausencia de su hermano mayor.

         Mientras tanto, el rebelde se había perdido, nadie sabía dónde estaba y hasta lo daban por muerto.  Cuando años después reapareció hecho una desgracia, el padre no quiso recibirlo en su casa, por lo que continuó su vida en la casi indigencia, durmiendo donde le dieran un rincón, y comiendo lo que le daban en los eventuales trabajos que conseguía.  Arrastraba consigo una vieja maleta con cosas innecesarias y si acaso dos mudas de ropa.  Así vivió un par de inviernos hasta que, como por milagro, encontró refugio emocional en un grupo de apoyo, y luego tuvo la bendición de conocer a la que sería su esposa.

         Como tomado de la mano por una chispa divina, fue saliendo poco a poco del pozo material y emocional en que estaba sumido y pudo ir a visitar a sus padres y hermanos, luciendo con orgullo su propia familia.

         Para su hermano Efraín la vida tampoco había sido fácil.  Debió estudiar de noche mientras de día trabajaba en lo que apareciera, en tanto recibía los embates emocionales de su enfermo padre y los insultos de la hermana.  Solo el apoyo de la madre lograba insuflar el estímulo necesario para continuar luchando.

         Cuando terminó el colegio, fue Mordejai quien le consiguió un trabajo estable y por un tiempo compartieron la alegría de haber recuperado su amor fraterno.

         Pasaron los años, cada uno construyendo sus vidas, hasta que un día llegó la noticia de que su padre estaba agonizando.  Con sentimientos encontrados entre resentimientos y dolor por la inminente pérdida de su progenitor, estuvieron los dos hermanos hombro con hombro acompañándole en sus últimos momentos y luego llevándolo al cementerio donde él había pedido reposar, rodeado por las verdes montañas de su terruño.

         De esta forma, fueron los hermanos quienes finalmente consiguieron romper la cadena de conflictos que había caracterizado la saga familiar.


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