En un río turbulento, el Shabbat es la piedra que no detiene la corriente pero impide que todo sea arrastrado

Vivimos en una época en la que la sensación de atraso es constante, incluso rodeados por una abundancia inédita de información, estímulos y opciones. La promesa moderna de libertad ilimitada —ser todo, estar en todos los lugares, responder a todos— se ha transformado en una experiencia paradójica. Las puertas están abiertas, pero no tenemos fuerzas para atravesarlas. Ya no habitamos las botellas de vidrio de Un mundo feliz de Aldous Huxley, sino que pasamos los días encapsulados en rectángulos de vidrio templado, pantallas que nos acompañan desde el despertar hasta el agotamiento nocturno.

Esta condición no surgió de la nada: es el resultado de una profunda mutación histórica, el paso de un mundo sólido, estructurado por permanencias, a un mundo líquido, marcado por la fluidez constante. Zygmunt Bauman describió esta transición con precisión. Lo que antes ofrecía estabilidad, con vínculos duraderos, compromisos ciertos y ritmos previsibles, hoy se percibe como un peso. En su lugar, se celebra la capacidad de adaptación continua, aunque eso exija la disolución de la identidad.

En el mundo líquido, los individuos se vuelven como el agua, al asumir la forma del recipiente que los contiene. El mercado, los algoritmos, las redes sociales y las métricas de desempeño definen los contornos de lo que se debe ser. La mayor amenaza ya no es el dolor físico ni la represión explícita, como en las distopías clásicas, sino la fijación. Permanecer se ha vuelto sospechoso. Comprometerse, peligroso… Definirse, casi un error estratégico…

Es en este punto donde 1984, de George Orwell, adquiere una nueva relevancia. A diferencia de Huxley, Orwell no describió un mundo anestesiado por el placer, sino un mundo gobernado por el miedo, por la vigilancia total y por la manipulación del lenguaje. El “Gran Hermano” no necesitaba seducir; bastaba con observar. El control operaba mediante la destrucción de la memoria, la reescritura del pasado y la imposición de un lenguaje empobrecido, la Neolengua, que limitaba la propia capacidad de pensar.

La modernidad tardía combinó ambos modelos. Heredamos de Huxley la anestesia permanente y de Orwell la vigilancia constante. El resultado es una sociedad en la que los individuos se exponen voluntariamente, se vigilan a sí mismos e internalizan la lógica del control. Ya no es necesario un Estado totalitario visible… cada persona lleva dentro de sí la mirada del sistema.

Byung-Chul Han describió este desplazamiento con claridad al hablar del paso de la sociedad disciplinaria a la sociedad del rendimiento. El antiguo “no puedes” fue sustituido por el “tú puedes todo”. El efecto es devastador… el individuo se convierte simultáneamente en explotador y explotado, amo y esclavo, juez y acusado. El látigo ya no viene de fuera; se compra en tiendas en línea, se personaliza según gustos impuestos y se rebautiza como “mindset”.

En este contexto, el cansancio predominante no es físico, sino existencial. Un agotamiento que no se resuelve con descanso, porque nace de la ausencia de límites. El aburrimiento, que podría abrir espacio para la reflexión, es combatido como una grave amenaza. El silencio se ha vuelto insoportable, pues de él emergen las preguntas que el sistema prefiere evitar.

La Torá ofrece un contrapunto radical y lógico. La primera gran enseñanza de Bereshit no es sobre la producción, sino sobre el límite: y terminó Dios, en el séptimo día, la obra que había hecho; y cesó, en el séptimo día, de toda la obra que había hecho; y bendijo Dios el séptimo día y lo santificó. La creación no se completa con más acción, sino con la cesación. El mundo nace incompleto sin el Shabbat. El descanso no es consecuencia del cansancio; es una decisión ontológica. Dios crea un tiempo que no puede ser instrumentalizado, medido por la productividad ni convertido en mercancía. ¡Es el tiempo en sí!

En un mundo que exige presencia continua, el Shabbat establece el derecho y el deber de la ausencia. Ausencia del cálculo, de la vigilancia, del rendimiento. Es un tiempo que no sirve para nada y, precisamente por eso, sirve para todo. En la sensación de ausencia de todo… la simplicidad de la nada, que llena el todo.

Pero Pirkei Avot nos alerta sobre la riqueza, la elección y la suficiencia… La ética rabínica percibió muy pronto el peligro de una vida orientada solo por la acumulación y formula un valioso antídoto directo contra la moderna paradoja de la elección infinita: “¿Quién es rico? Aquel que se alegra con su porción.” Esta afirmación desmonta la lógica de la comparación permanente. En un mundo líquido, la insatisfacción es estructural, ya que siempre hay otra opción, otro camino, otra versión de uno mismo aparentemente mejor. El resultado es la culpa continua cuando algo sale mal, pues la elección individual fue inadecuada. El fracaso natural se convierte en vergüenza humana… pero Pirkei Avot devuelve la dignidad a lo suficiente. No como resignación, sino como libertad interior. Alegrarse con la propia porción es un acto de resistencia contra la tiranía de la comparación y de la exposición.

Rambam presenta la razón, la ley y el equilibrio contra el exceso. En la Mishné Torá (Sefer HaMadá – Tomos I y II), Maimónides (Rambam) construye una ética que busca el equilibrio entre los extremos, insistiendo en el camino del medio como forma de preservar la salud del alma. La lógica es clara: el exceso, incluso cuando parece virtuoso, conduce al desorden interior. En una sociedad que glorifica el rendimiento continuo, Rambam recuerda que la verdadera sabiduría exige medida, ritmo y orden. El ser humano no es una máquina de maximización, sino una criatura finita que necesita límites para florecer.

El Shabbat, en este sentido, no es solo un mandamiento ritual, sino un dispositivo ético que protege al individuo de la autoexplotación. Interrumpe el ciclo de la utilidad total y reinserta la vida en una gramática de sentido.

Con el Kitsur Shulchan Aruch comprendemos el Shabbat como una protección concreta. Esta visión adquiere forma práctica especialmente en las leyes relativas al Shabbat. Allí, el Shabat no aparece como una abstracción espiritual, sino como una estructura concreta de protección: horarios definidos, gestos repetidos, palabras específicas. El ritual no empobrece la vida; la organiza. En un mundo donde todo es negociable, el Shabbat establece lo innegociable. Al delimitar lo que no se hace, devuelve claridad a lo que realmente importa: la presencia, la familia y la palabra no utilitaria, el tiempo compartido sin finalidad externa.

Contra el ojo que todo lo ve: memoria, lenguaje y permanencia… Si 1984 advierte sobre el peligro de un mundo sin memoria, la Torá responde con la centralidad del recuerdo. El Shabbat es, por excelencia, un ejercicio semanal de memoria: recuerda la creación, recuerda la liberación, recuerda que el ser humano no es propiedad del sistema. Donde Orwell describe la destrucción del lenguaje, la tradición judía insiste en la palabra preservada, estudiada, transmitida en capas. La lectura de la Torá es, en sí misma, un gesto de resistencia contra la simplificación forzada del pensamiento.

¡Permanecer es un gran acto radical de nuestro tiempo! Ser sólido no significa endurecer. Significa permanecer… Permanecer en un vínculo, en una palabra dada, en una mesa compartida al caer la noche. Permanecer cuando el algoritmo exige movimiento constante. Permanecer cuando todo empuja hacia la dispersión. El Shabbat enseña, semana tras semana, que permanecer es un acto de valentía. Crea una isla en el tiempo en la que la persona no necesita demostrar nada, producir nada, optimizar nada. Solo ser. En este sentido, el Shabbat es refugio, ancla y mapa. No niega el mundo moderno, pero ofrece un eje para atravesarlo sin disolverse.


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