Al buey por el cacho y al hombre por la palabra

El invierno estaba en su apogeo, y las calles se habían convertido en fangales intransitables.   Pero esa tarde un hermoso arcoíris anunciaba un breve descanso en el temporal que llevaba varios días.

La pulpería, también cantina y botica, estaba repleta de parroquianos que, a esa hora, acudían a comentar las últimas noticias y chupetear un traguito de guaro de caña, del que sacaba Onías Castro allá por los bajos de Quebradas.

—¡Juemialma agualotal cayó ayer! —exclamó Juanico, como si los demás no lo hubieran vivido también, mientras se esculcaba la nariz con fruición.

— El río Machuca bajó cargado de agua y se llevó varios ranchos —agregó un chiquillo que estaba sentado en un saco de frijoles.

De repente, y chorreando barro de los ruedos de sus pantalones, irrumpió Toño Peraza con el rostro desencajado y pálido como un mantel de fiesta.

—¿Qué te ocurrió, que venís como si hubieras visto al Cadejos?, le preguntó Pepe Rojas, el cantinero.

—¡Vieras usté, lo que le pasó a Yuya, el finquero que tiene el ganado por el lado de San Pablo! ─dijo después de zamparse un trago de anís.  —¡No va cayendo un rayo encima de un árbol de guanacaste que está en medio potrero, y mató como a 15 terneros que se bían refugiado del aguacero debajo de sus ramas!  —Ahí están destazando los bichos y regalando la carne a quien quiera llevarla

—Le pasó lo mismo que al Faraón, —sentenció con aire ceremonioso don Gildo, el sacristán.

— Pues yo estoy como las vacas, ni siquiera sé quién será ese tal fanfarrón. —interrumpió Juanico, mientras continuaba en su labor nasal.

— Si fueras más seguido a misa tal vez lo sabrías, le regañó don Gildo. —¡Y se dice Faraón!

Todos los presentes rieron la ocurrencia del simplón y se dispusieron a escuchar el sermón del aprendiz de cura.

— Esta historia está escrita en la Biblia.   Cuando Dios le encomendó a Moisés ir con su hermano Aarón donde el rey de Egipto, a pedirle que liberara a todos los israelitas que tenían muchos años de ser sus esclavos, el faraón varias veces le engañó diciéndole que sí a su pedido, pero, a pesar de sufrir terribles plagas como castigo, en cuanto los dos emisarios salían de palacio daba marcha atrás.   Hasta que el Señor, harto ya de tanta falta de seriedad, decretó la muerte de todos los primogénitos egipcios.  Con semejante castigo el faraón finalmente accedió.  Así fue como Moisés pudo llevar a su pueblo a la tierra prometida.

— Es cierto, yo vi esa historia en una película de Semana Santa.  —afirmó Juanico con grandes ínfulas.

— ¡Sigue Petra con calentura!  —Dijo medio cabriado el cantinero.  —¿Y qué tiene que ver esa historia con lo que le ha ocurrido al ganado de don Yuya?

— Pues, según me contaron, don Yuya había mercado esos terneros con un señor Eladio, de allá por Hacienda Vieja, en el precio de cuatrocientos colones cada uno.  Y hace como tres días, cuando el señor ese vino a pagar y llevarse los animales, don Yuya se quitó del trato.   Después supe que un comerciante de Montecillos le había ofrecido doscientos colones más por cada ternero.

—Pues ese es un castigo divino— terció el cantinero. —Por eso decimos que al buey se le conoce por el cacho y al hombre por la palabra.   Un buey bueno para el trabajo tiene cachos grandes y fuertes.  Y un hombre de a de veras mantiene la palabra, aunque salga perdiendo.

Y en ese momento reventó un trueno allá por los cerros de Turrubares, anunciando la continuación del duro invierno tropical.


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